Alba, de Ana Cristina Barragán

11/9/2020

“Busco una narrativa que cuente poco, pero haga sentir mucho, mostrando puntas de cosas que no se ven, sugiriendo que son muy profundas. Me interesan las películas que más allá de una historia, dejan un aroma, un sabor particular que no se va”, señala Ana Cristina Barragán, la directora de Alba, una sensible aproximación las pérdidas que más duelen, pero también a la posibilidad de rearmar vínculos vitales y sanadores.

 

Alba (Macarena Arias) tiene once años. Pasa la mayor parte de su tiempo en silencio y le gustan los animales diminutos. Una tarde, su madre (Amaia Merino) es internada en el hospital y Alba debe mudarse con Igor (Pablo Aguirre), un padre a quien casi no conoce. Los intentos de Igor por acercarse a ella, las primeras amigas, el primer beso, las visitas a la madre en el hospital, son estímulos que marcan el camino de Alba hacia la entrada a la adolescencia y a la aceptación de su familia.

 

En el centro de Alma, la película, está la interpretación sobresaliente de Macarena Arias, una niña que parece haberse olvidado de que es una actriz en una película. Porque tal es su identificación y compromiso con su personaje que es imposible dudar de cualquier cosa que le pase. Más loable es la hazaña ya que Alba, el personaje, habla poco y nada, entonces su doloroso devenir va por dentro y en silencio. Como su padre, Pablo Aguirre es muy convincente y, sobre todo, tiene el tipo  físico ideal para representar a un hombre derrotado, depresivo, a la deriva.

 

Con una cámara que la sigue casi todo el tiempo con planos cercanos, Alba también deambula aunque al menos intenta tener un rumbo. Es difícil, o casi imposible, querer a un padre abandónico y desamorado. Po eso, muy probablemente, Alba ya no lo intenta. Lo que no quiere decir que, en el fondo, no hay un afecto asordinado.  Sola, se enfrenta al paso de una niñez sin inocencia hacia una adolescencia con promesas de algo de alegría. A diferencia de las chicas que la rodean, para quienes este paso de traumático tiene poco y nada, para Alba es todo un territorio nuevo a explorar.

 

Como señala la directora, la narrativa es mínima, se concentra en algunas pequeñas grandes anécdotas y episodios y extrae lo esencial, eso que otras películas eligen explicitar. Y en esos momentos transcurre toda una vida. En gran parte, Alba funciona muy bien en esta línea minimalista. Pero hay partes en las que la historia se estanca, se entiende la intención de la escena, pero la ejecución no está bien resuelta. Aquí sí se siente que casi no pasa nada. Por el contrario, una de las secuencias finales, la del cumpleaños, no podría ser mejor. Es contundente, un tanto desoladora y, más que nada, muy realista. Por eso duele tanto.

 

Es que sí, Alba es una película dolorosa. Pero no siempre. Y su sentido no está en el sufrimiento per se. No es una película pesimista. Simplemente toma las cosas como son y apuesta por un posible cambio de trayectoria. Y lo hace con una honestidad emocional y una ausencia por completo de manipulación. Toda una sorpresa. Bienvenida sea.

Alba (Ecuador, México, Grecia, 2016).

 

Escrita y dirigida por Ana Cristina Barragán. Con Macarena Arias, Pablo Aguirre, Amaia Merino. Fotografía: Simón Brauer. Montaje: Yibrán Asuad, Juan Daniel Molero, Ana Cristina Barragán, José María Avilés. Sonido: Alex Icaza. Duración: 94 minutos. Disponible en la plataforma Puentes de cine.  

 

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