Corsario, de Raúl Perrone

6/9/2020

 

En términos generales, el llamado cine de prosa busca narrar una historia, en el sentido más amplio de la palabra, y puede hacerlo dentro de diversos géneros, estilos y estéticas. Así aparece eso que se llama trama. Una trama, ya se sabe, puede ser desde muy simple hasta muy compleja, pasando por todos los estadios intermedios. Lo importante es la representación de lo real con aparente objetividad dentro de un verosímil predeterminado.

Por otra parte, el cine de poesía renuncia a la voluntad de contar una historia como tal,  está emparentado con formas subjetivas de representación y su referencia con lo real no está en la lógica racional, sino en lo onírico, lo subjetivo, lo interno del ser o del mundo no visible. Nada de todo esto tiene una forma definida, es producto de la libertad ilimitada que tiene el autor. Lo importante acá son las asociaciones libres, los estímulos visuales y las impresiones sensoriales.

 

Corsario, la nueva película de Raúl Perrone, el padre del cine independiente argentino, es descripta como un poema por el propio director. Como P3ND3JO5, Favula y Ragazzi, tres de las mejores películas de su extensa filmografía, Corsario elude contar una historia como tal, al menos en gran parte. Aunque tiene un sucinto argumento: “un director hace un casting, junto a su asistente, buscando chicxs para su próxima película. Hasta que sale a la calle a encontrarlos. Es un cazador en busca de sus presas”.

Efectivamente, eso es lo que ocurre en la película. Pero de una manera no narrativa, sino definitivamente poética. Y muy inspirada, por cierto. El director, es decir el protagonista (Martín Bermello), está caracterizado como si fuera Pier Paolo Pasolini (el parecido es sorprendente), el maestro italiano que muchos de nosotros amamos y admiramos. Obviamente, Perrone también. No por nada hizo Ragazzi y Corsario. Y también hay algo de una mirada Pasoliniana en los primeros planos de los bellos adolescentes de P3ND3JO5.

 

Y en Corsario también surge esa característica esencial de la obra del director: la belleza. En principio y por sobre todas las cosas, esa belleza está en los rostros de los jóvenes adolescentes que el protagonista busca para su nueva película, que bien podrían ser los chicos de las borgatas que Pasolini elegía como actores para sus películas y también como sus amantes. Porque los rostros de Corsario son duros pero suaves a la vez, tienen miradas inquisidoras que prometen placeres varios, son elocuentes aunque el silencio los acompañe, tienen el esplendor de la juventud pero esconden – aunque no tanto – haber crecido de golpe. Y aunque se supone que ellos son las presas, en realidad son los cazadores.

 

Por supuesto, la belleza no está solo en los rostros. Está en la forma fílmica de la película entera: en sus fundidos, en el expresivo (¿expresionista?) uso de las luces y sombras, en los pregnantes primeros planos, en los senderos que se desvanecen y en las largas caminatas que parecen ir en círculo y no tener un destino fijo. Es decir, en la deriva.

 

Un punto más que no es menor: Perrone pensó Corsario como un nuevo desafío y la filmó con una cámara estenopeica, esas cámaras de antaño que no tienen lente y tampoco un foco exacto, sino uno muy, muy suave que crea imágenes que parecerían tener un filtro difusor. De ahí, entonces, que lo tangible sea un poco elusivo.  Pero no por eso es menos impactante. Porque estas nuevas texturas que Perrone explora por primera vez no tienen una sola cara.

 Por otra parte, Perrone ha apelado a la repetición de escenas y fragmentos de escenas más de una vez. Cuando funciona por acumulación, sí hay un crescendo que enriquece la forma y su discurso. Éste es el caso de  P3ND3JO5, por dar un ejemplo. Pero en Corsario la repetición termina siendo redundancia y entonces no surge nada nuevo. Incluso se ralentiza la narración. 

 

Por otra parte, no hay diálogos en Corsario, pero sí dos poemas. El primero es recitado por los chicos durante el casting filmado en planos fijos desde dos puntos de vista de la cámara. Más allá de que es un poema seductor, no parece tener un sentido o sentidos para ser parte de esa escena. No es un contrapunto con la imagen ni la acompaña. Y hasta distrae un poco.

 

Con el otro poema, que pertenece a Paul Verlaine, pasa todo lo contrario. Es recitado durante el deambular del protagonista en las calles de Ituzaingó, territorio de Perrone por excelencia. Así, en algunas ocasiones el poema funciona como contrapunto de la imagen, en otras ocasiones la enfatiza y potencia, y algunas otras veces simplemente le da un aura de extrema belleza a los climas y atmósferas de un tiempo pasado en cruce con el presente. Y al estar recitado en italiano emulando, una vez, a Pasolini, queda claro que lo que el poema dice bien podría haberlo dicho el maestro italiano. Y aquí sí hay una experiencia sensorial intensa, inesperada.

 

Hay otros momentos inesperadamente seductores, pero es mejor que el espectador los descubra por su cuenta. De hecho, no son pocos. Cualquier espectador que quiera completar la obra con su mirada va a sentirse agradecido.

 

Corsario (Argentina, 2018).

 

Dirigida, escrita y editada guion y edición por Raúl Perrone. Con Martín Bermello, Nicolás Ruiz, Alejandro Ricagno, Ornella Timpanaro. Cámara y Fotografía: Raúl Perrone, Lara Seijas, Jorge Laplace. Música: Andre Villaveiran, Juan Marco Litrica. Duración: 67 minutos. Disponible en la plataforma Cine.Ar

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