El cazador, de Marco Berger

6/6/2020

No es una exageración decir que, en términos formales, El cazador es la película más lograda de Marco Berger. Fotográficamente es impecable: no hay un solo plano mal compuesto o inexpresivo ni un movimiento de cámara gratuito o caprichoso; su montaje tiene el tempo justo para narrar su historia intimista sin prisa ni pausa; su puesta en escena nunca llama la atención sobre sí misma, de ahí la transparencia al servicio del relato; y una vez más sus actores le dan carnadura a personajes creíbles y cercanos. En resumidas cuentas, creo que estéticamente es su película más lograda.

 

Su trama parece sencilla, pero a medida que se va desplegando se torna compleja al explorar lugares impredecibles. Berger señala que El cazador es un película sobre la ética humana disfrazada de thriller. Sin duda, esa idea articula la trama, sobre todo de la mitad de la película en adelante. Pero pienso que no es solamente eso y que se la puede pensar como una historia sobre el deseo sexual y amoroso, que esta vez sí se concreta, a diferencia de otras películas del director donde el foco está puesto en el camino del deseo hasta que se hace realidad. Y ahí mismo se termina la historia (Hawaii, Tae Kwon Do, incluso Plan B, su inteligente ópera prima.) En cambio, aquí se explora qué puede haber más allá del deseo más inmediato, de la ilusión y la desilusión, y del dolor de la pérdida.

Ezequiel (Juan Pablo Cestaro) es un adolescente de unos 15 años que está atravesando su despertar sexual. Ha tenido algunas experiencias, pero ninguna de carácter sentimental. Mientras su familia se va de viaje durante unos días y él se queda en su casa, un día como cualquier otro conoce en una plaza a El mono (Lautaro Rodríguez), un skater unos años mayor que él. Ezequiel invita a El mono a su casa, toman algo y charlan un poco. Y tienen sexo. Luego vendrán más encuentros. Y también el comienzo de un romance, tímido pero intenso – al menos de parte de Ezequiel. Esta vez sí el deseo sexual y lo afectivo van de la mano.

 

No conviene saber más nada de la trama de El cazador. Es importante dejarse sorprender por el devenir de los acontecimientos. Porque ahí reside una buena parte de la habilidad de un guión que no da nada por sentado. Los personajes, de carne y hueso, van sumando matices y se revelan en sus contradicciones. Cualquiera que esté familiarizado con un sector del ambiente gay va a reconocer que lo que aquí ocurre pasa en la vida real – quizás no de una manera idéntica, pero sí en su esencia y en unos cuantos aspectos. Sin embargo, como otras películas de Berger, esta no es necesariamente una historia gay. Esa lectura sería limitante. Porque el meollo de la cuestión pasa por otro lado. 

La singularidad del director siempre ha estado presente en al menos dos lugares: la afectividad que con las que construye a sus personajes, nunca desmesurada ni tampoco reticente. Y por otra parte está el tema de la belleza. Sus actores son, casi siempre, muy bellos. Pero aquí no hay un culto narcisista a la belleza. Tampoco es la belleza predecible de un modelo. En cambio, la belleza aparece como una posible vulnerabilidad y también como expresión de un encanto sensible y luminoso. Y en esa luminosidad, contrastada con zonas oscuras, El cazador alcanza una dimensión mayor a la de su anécdota. Y eso es lo que buenas películas hacen. Pensándolo mejor, El cazador también es su película con más capas y con una narrativa más seductora. Dicho de otro modo:  forma y contenido en perfecta sintonía.    

El cazador (Argentina, 2020).

 

Escrita y dirigida por Marco Berger. Con Juan Pablo Cestaro, Juan Barberini, Lautaro Rodríguez, Patricio Rodríguez. Fotografía: Mariano De Rosa. Montaje: Marco Berger. Música: Pedro Irusta. Dirección de arte: Natalia Krieger. Sonido: Mariano Agustín Fernández. Duración: 101 minutos.

 

 

 

 

 

 

     

 

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