El príncipe, de Sebastián Muñoz

9/2/2020

“Los criminales aceptan desesperadamente organizar un universo prohibido, un mundo que huele a sudor, a semen y a sangre”  (Jean Genet)     

                                                         

Cuando el cine irrumpe en el paisaje carcelario hay algunos tópicos de rigor que el espectador no podrá eludir: las paredes, el sonido ambiente exacerbado, los guardias maltratadores, el sexo urgente, todo aquello que acompaña el periplo claustrofóbico de los presidiarios. Desde la trascendencia de Pickpocket, lírica –y muy libre- transposición del Crimen y castigo de Dostoievski bajo el exquisito pulso de Robert Bresson, hasta el voyeurismo erótico de Un chant d’amour, del gran novelista y dramaturgo Jean Genet, pasando por la muy realista Leonera, de nuestro compatriota Pablo Trapero, asistimos a puestas en escena donde todo es encierro, sumisión,  vigilancia y porque no, amor, en sus diversas formas.

 

Este universo explora el joven director chileno Sebastián Muñoz en su ópera prima El príncipe, una transposición de la novela homónima de Mario Cruz, que cosechó el premio Queer Lion en la 76 Mostra de Venecia además de haber participado en el festival de La Habana y en la sección Horizontes Latinos de San Sebastián.

 

El rojo oscuro de la sangre de un hombre muerto invade el primer fotograma del film. Jaime (intensa composición de Juan Carlos Maldonado), en un arrebato pasional, ha terminado con la vida del gitano, su mejor amigo, quién yace en el piso con una profunda herida en el cuello producida por una botella de cerveza que minutos antes era compartida y disfrutada por un grupo de conocidos.

 

Atónito por la acción cometida, y rodeado por un coro de almas que asisten consternados a la escena que irrumpió ante sus ojos, el joven devenido asesino, solo desea escuchar Ansiedad, aquel bolero del compositor venezolano José Enrique Sarabia popularizado por Nat King Cole.

 

Y elipsis mediante, nos trasladamos a la prisión donde transcurrirá el film. Apresado y escoltado por los guardias, Jaime atraviesa los oscuros pasillos del presidio, mientras una versión de Ansiedad (interpretada por Gabriel Cañas y con arreglos de Angela Acuña) permanece en campo sonoro para convertirse en un poderoso leitmotiv. Acto seguido, y tras una fuerte golpiza por parte de la ley, recala en una celda habitada por cuatro reclusos donde manda “El potro” (notable, una vez más, el gran actor Alfredo Castro- Tony Manero, El club, Rojo-) quién lo cobijará y le enseñará los códigos a seguir. El ahora apodado “Príncipe” aprende a respirar ese aire nauseabundo, y a convivir con esos códigos, mientras nace entre ambos una profunda historia de amor.

El joven principiante se va construyendo a sí mismo, dando rienda suelta a sus anhelos reprimidos y contenido por su nuevo núcleo familiar. Un espejo en la pared de la celda será el fiel testigo de su transformación, desde la timidez del comienzo hasta el empoderamiento final. Muñoz concibe un film donde la atmósfera es mucho más que la trama, sostenida en gran parte por sucesivos flashbacks que van ofreciendo información al espectador.

 

Afuera, mientras tanto, Chile se prepara para la asunción del socialista Salvador Allende, dato que el director decide no pasar por alto, siendo fiel al marco histórico de la novela, los convulsos años 70.

 

Separados de ese mundo libre y sus leyes, los presos organizan sus propias estructuras de poder donde la lealtad y el honor van construyendo un andamiaje en el que sobrevivir no será nada fácil. Habrá bautismos y otros ceremoniales, padrinos y apadrinados, poderosos y no tanto, amigos y enemigos, y, como no podía ser de otra manera, alguna violenta gresca entre clanes, como la que provocará el Che Pibe, un atractivo argentino que desafía el poder del Potro. De esta gresca surgirán otras muertes y el Príncipe se convertirá en el nuevo “capo”.

 

Mención aparte merece la excelente interpretación de Gastón Pauls, como el Che Pibe, este recluso argentino, que bordea el estereotipo pero que logra no cruzar el umbral y mantenerse en un registro osado y a la vez sutil.

 

El ahora “capo”, en la soledad de su celda, escucha el discurso esperanzador de Salvador Allende en su llegada al Palacio de la Moneda. Pero Muñoz lo utiliza para recalcar que cualquiera sea la época (de hecho la película podría transcurrir hoy en cualquier cárcel del mundo), y aun en tiempos de democracias populares y reivindicativas, el problema del sistema carcelario, un engranaje más de la pirámide institucional represiva, es estructural y de compleja solución.

 

A pesar de que Muñoz da una dimensión poética a este relato intimista, a esos cuerpos erotizados, a ese amor nacido en la soledad del claustro, la sensación final es que, gobierne quién gobierne, allí, en la lenta agonía del presidio, el alma y la piel se endurecen y la rueda de violencia circulará ad infinitum.

El Príncipe (Chile, Argentina, Bélgica, 2019) Puntaje: 7

Dirigida por: Sebastián Muñoz Costa del Río. Escrita por Sebastián Muñoz Costa del Río y Luis Barrales. Con Juan Carlos Maldonado, Alfredo Castro, Gastón Pauls, Cesare Serra. Fotografía: Enrique Stindt. Montaje: Danielle Fillios. Música: Angela Acuña. Duración: 96 minutos

 

 

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