Parasite, de Bong Joon-ho

27/1/2020

Lo que más disfruté de Parasite, la ganadora de la Palma de Oro de Cannes 2019, fueron sus variaciones en el tono y su cruce de géneros tan bien logrados. No es que su historia sobre brechas sociales, resentimientos y venganzas no me haya resultado atrapante, porque sí me atrapó -hasta cierto punto, digamos hasta que el final se torna previsible, y un poco antes también. Pero no creo que en su historia, sus subtextos y sus metáforas resida lo que la hace una película valiosa. Porque Parasite no cuenta nada nuevo, pero lo que la hace única es la habilidad con la que cuenta su historia. Que, por otra parte, no es tan compleja como aparenta ser a primera vista.

 

La nueva película de Bong Joon-ho funciona como una crítica despiadada a las brechas socio-políticas de Corea del Sur (y de casi cualquier lugar del mundo) a través del prisma de dos familias bien opuestas. Dos familias que se van a vincular de modos inesperados y con consecuencias todavía más imprevisibles.

 

Por un lado, está Ki-taek (Song Kang-ho) y su familia, quienes viven en los márgenes de la sociedad en un sótano horrible en un barrio de indigentes. Trabajan haciendo changas miserables, casi gratis, se podría decir. Roban la señal de wi-fi para usar WhatsApp (no tienen línea) , apenas tienen para comer y dejan las ventanas del sótano abiertas cuando fumigan en el barrio, así de paso su vivienda se libra de cucarachas – y ellos tosen sin parar por el veneno.

 

Gracias a un hábil ardid, Ki-woo (Choi Woo-shik) se hace pasar por profesor particular universitario y consigo trabajo dándole clases a Da-hye (Ji-so Jung), la hija adolescente del Sr. Park (Lee Sun-kyun), un empresario amable, frío y adinerado, y de la Sra. Park (Cho Yo-jeong), una madre buena, crédula y no muy inteligente, particularmente devota de su hijo menor. Como la familia de Ki-taek, los Park también quieren lo mejor para sus hijos. La diferencia estriba en que ellos sí pueden comprarlo. Y sin problemas.

Cuando Ki-woo ya se instala como profesor particular en la familia Park, pronto vendrá el resto de su familia, también gracias a ardides varios que pueden resultar un tanto inverosímiles. Pero, en última instancia, sí son posibles y eso es lo que cuenta. Así, los ricos serán amablemente invadidos por los pobres, sin que se den cuenta. Y los pobres creerán haberse sacado la lotería, pero más temprano que tarde descubrirán que eso no es tan así. Porque Parasite tiene sorpresas de todo tipo.

 

Entonces, lo que comienza como un estudio de personajes con su pertinente comentario sociopolítico enseguida toma la forma de un thriller de invasión al hogar con toques de humor negro (después va a aparecer el terror), siempre dentro del gran género de la sátira, mordaz e implacable. Hasta hay un romance y, por supuesto, todo termina siendo un gran, gran drama. Porque uno podrá reírse durante muchos momentos de la película, pero la verdad es que detrás de ese humor se esconde un panorama desolador.

 

Aquí nadie va a salir adelante trabajando, las oportunidades y privilegios son para unos pocos, y el dinero sí puede comprar algo muy parecido a la felicidad. Y los que siempre estuvieron bien abajo, en los sótanos (literal y metafóricamente) siempre van a seguir estando ahí. Eventualmente, los ricos también pueden perder todo de la noche a la mañana. Y sin hacer nada particularmente malo. Solo por ser los amos del mundo.

Las variaciones tonales y de género de Parasite están perfectamente entrelazadas, por eso nunca se ven las costuras. No es nada fácil construir un relato que navegue estas aguas sin irse a la deriva. En sus propios términos, todo es relativamente verosímil, hasta Hitchcockiano en su suspenso. También pensaba en La ceremonia mientras veía Parasite, por su furia contenida y luego desatada aparentemente porque sí. Dentro del cine nacional, Los dueños, de Ezequiel Radusky y Agustín Toscano, propone lecturas similares y complementarias, aunque en otro registro.

 

Quizás se le puede objetar a Parasite que las metáforas, que son muchas y variadas, son demasiado explícitas, muy in your face. No se trata de un descuido, sino de una elección clara por parte del realizador. Aún respetando su elección, creo que si hubieran sido más sutiles u oblicuas, entonces habrían tenido mayor resonancia conceptualmente. Porque si lo que se cuenta ya es muy sabido, tal vez es mejor contarlo de una menos directa.

 

Si bien Parasite se llevó la Palma de Oro, para mí otras películas de Bon Joon-ho, como Memorias de un asesino o Madre, me resultaron más memorables e incluso más arriesgadas en sus premisas y su narrativa. Lo que es válido para todas es que su diseño visual y sonoro siempre es superlativo, al servicio de la historia y nunca por puro virtuosismo. Como buena parte del cine coreano, el de Bon Jooh-ho queda en tu memoria cinematográfica durante un largo tiempo.

Parasite (Gisaengchung, Corea del Sur, 2019). Puntaje: 8

 

Dirigida por Bong Joon-ho. Escrita por Bong Joon-ho, Jin Won Han. Con Song Kang Ho, Lee Sun Kyun, Cho Yeo Jeong, Choi Woo Shik, Park So Dam, Lee Jung Eun, Chang Hyae Jin. Guión. Fotografía: Hong Kyung-Pyo. Música: Jae-Il Jung. Montaje: Yang Jinmo. Duración: 132 minutos.

 

 

 

 

 

 

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