El huevo del dinosaurio, de Josefina Recio

27/1/2020

“Creo que la inclusión real se produce cuando sectores totalmente marginados comienzan a ser reconocidos por sus propias capacidades. Cuando encuentros como estos suceden, entonces el arte ha funcionado como una herramienta de transformación social. "Los Chopen" comprenden mejor que nadie que el arte no es más que juego, sagrado. Por eso este documental propone seguir jugando y desde aquí continuar transformando”, señala la directora Josefina Recio acerca de su ópera prima, el documental El huevo del dinosaurio, que retrata las actividades de un grupo de artistas plásticos con discapacidad intelectual.

 

La historia comenzó más o menos así: hace ya un buen tiempo la madre de Josefina, Ana, fundó Los Chopen, con la idea de promover la creatividad y la posibilidad de inserción social de estos artistas. A juzgar por el documental, el objetivo de Ana se cumplió con creces. Un dato curioso: Ana dejó de pintar cuando descubrió la obra la inmensa riqueza artística de Los Chopen, ya que dice que su propia obra le pareció pobre en relación a la de Los Chopen.

 

Pipi, la hermana de Ana y  tía de Josefina, es miembro del grupo desde sus comienzos. Es artista plástica y tiene Síndrome de Down. Josefina recuerda cuánto la incomodaba que, de niña, la gente mirara tan fijo a su tía, como se mira al diferente. Ese debe haber sido, entre otros, un punto de partida para “El huevo del dinosaurio”, que sorprende por su abordaje lúdico, su mirada desprovista de toda solemnidad y su impronta informal, aunque nunca superficial. Este equilibrio en el tono no es nada fácil de lograr, pero aquí aparece como si fuera algo espontáneo, casi sin querer. No se ven las costuras del enorme trabajo que se tomó la realizadora para alcanzar esta armonía.

Por otra parte, muchos documentales que exploran el tema de personas con discapacidades terminan poniendo las discapacidades en primer plano y las personas quedan como telón de fondo. O peor aún: remarcan, una y otra vez, que los protagonistas son personas con discapacidades, como si eso fuera una categoría irreductible. Y todo el discurso de estos documentales se articula desde esa mirada.

 

En cambio, en El huevo del dinosaurio, el abordaje del aspecto más problemático existe, y sin ningún tipo de ingenuidad, pero el centro no está ahí. Para nada. Está siempre en el arte de estos artistas y en sus preguntas y respuestas más usuales tanto frente a lo extraordinario como a lo cotidiano. Y, sobre todo, está en una operación narrativa y discursiva sumamente apropiada: los artistas se funden con el mundo que los circunda, con su arte y sus afectos, en vez de estar separados para ser examinados clínicamente. Se podría decir, entonces, que El huevo del dinosaurio ya presenta un mundo integrado, transformado.

 

Especial atención hay que prestar al cuidado formal, en primer lugar la expresiva y elocuente fotografía, y al uso del montaje para crear los tiempos de un universo que se mueve según sus propias coordenadas. Y que así como está funciona muy bien. Se elige el gesto y el arte por sobre la palabra, hay muy pocos testimonios y no hay nada aleccionador ni didáctico. Así aparece un territorio y sus protagonistas, un lugar hermoso que da ganas de conocer. Y, si es posible, incluso habitar un buen rato.

 

El huevo del dinosaurio (Argentina, 2019). Puntaje: 7

 

Dirigida y escrita por Josefina Recio. Con Los Chopen. Fotografía y cámara: Nicolás Richat. Sonido: Fabio Pécoro, Sergio Leda. Montaje: Nicolás Richat. Josefina Recio. Música: El sueño de los elefantes. Duración: 68 minutos.  

 

 

 

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