El hijo, de Sebastián Schindler

15/5/2019

En primera instancia director de documentales (Rerum Novarum, de 2001, Mundo Alas, de 2009, y El rascacielos latino, de 2012 son los más conocidos), Sebastián Schindel debutó en el terreno de la ficción con El patrón, radiografía de un crimen (2013), un policial medianamente sólido y también un drama lacerante que narra la historia de un empleado de una carnicería que es humillado y esclavizado por su empleador. Un retrato de la degradación de la Argentina de hoy, El patrón sobresale en su astucia y su verosimilitud a la hora de representar un temática compleja y prácticamente desconocida.

 

Recientemente estrenada, El hijo, su segunda película de ficción, es un thriller demasiado ambicioso con ribetes fantásticos y de terror psicológico que prácticamente nunca es verosímil. Es decir, no es creíble dentro de su propia lógica. Y, así como lo peor que le puede pasar a una película de terror es no asustar, o a una comedia no divertir, lo peor que le puede pasar a un thriller es no inquietar o incomodar. Exactamente lo que pasa aquí.  

 

Lorenzo (Joaquín Furriel, también protagonista de El patrón) es un pintor bohemio casado con una bióloga noruega, Sigrid (Heidi Toini) y es un alcohólico en recuperación con un matrimonio previo no muy feliz en el que perdió la tenencia de sus hijas – presumiblemente a raíz de su alcoholismo. Lorenzo y Sigrid ansían tener hijo lo antes posible y, luego de varios intentos, Sigrid queda embarazada. Adepta a tener el parto en su casa en vez de en un hospital, la futura madre contrata a una partera danesa (o noruega o sueca, no se sabe bien) y evita todo contacto con los médicos – y con el mundo en general.

 

Lo que sigue es muy misterioso: la madre intenta alejar a su padre de su hijo, se encierra con él en una habitación y solamente la partera, que a esta altura ya es un miembro más de la familia, pueda cuidar de él. Es evidente que algo muy turbio está pasando pero es imposible saber qué es, tanto para Lorenzo como para el espectador. Y Lorenzo, cada vez más desesperado, acude a una ex – novia que es abogada (Martina Gusmán) y a su novio actual (Luciano Cáceres) para que lo ayuden. Pero ya a esta altura parece estar loco y nadie le cree mucho a un loco.

El hijo juega con ser una relectura de El bebé de Rosemary en un sentido inverso: esta vez es el padre quien se va quedando solo dentro de un entorno amenazante y hasta mortal. Es desplazado por su hijo y manipulado por su esposa. No podría haber sido una peor elección. Porque dejando de lado superficialidades que comparten ambas películas,  no se parecen en nada en su esencia o en su construcción del misterio.  

 

En la genial película de Polanski todo funciona con la precisión de un reloj suizo, todo tiene una lógica, un sentido y es parte de un discurso que cierra con moño en el final. Apostando tanto al realismo como a lo sobrenatural, su mirada sobre el Diablo y la maternidad es realmente perturbadora. Mientras que en la película de Schindler todo el misterio está construido a través de una serie de circunstancias que distan mucho de ser creíbles. Todo está forzado para que la historia llegue a los puntos de giro, nada emana naturalmente del guión. 

 

Si la madre quería tanto tener un bebé para hacer con él ciertas cosas de tintes oscuros, ¿por qué no lo tuvo por su cuenta, como madre soltera con cualquier hombre, en vez de casarse y armar una familia en la que luego tiene que desplazar al padre a través de múltiples y complicados recursos legales y logísticos? La propia trama de la película indica que el padre no es necesario en lo más mínimo e incluso es un factor de riesgo - justamente lo opuesto que ocurre en El bebé de Rosemary, donde el personaje de Mia Farrow es imprescindible por más de un motivo. ¿Cómo es posible creer que Lorenzo y SIgrid son marido y mujer cuando no hay ni un ápice de química entre los dos? Ni entre los personajes unidimensionales ni entre los actores en un registro monocorde. 

 

Otras preguntas posibles: ¿Cuándo y de qué se enamoró Lorenzo? Obviamente, Sigrid nunca lo quiso y para ella él es solo un objeto, ¿pero no debería fingir su amor, al menos? Lorenzo, quien dice quererla, tampoco tiene el menor gesto de cariño hacia su esposa. ¿Y por qué la madre y la partera tienen que ser escandinavas? ¿Eso en sí mismo las hace inquietantes?

 

De más está decir que nunca se siente tensión o suspenso. Lo más molesto es la voluntad de alegorías por todos lados, sobre todo porque están agarradas con alfileres. Como drama familiar o reflexión sobre la paternidad, El hijo es pueril e insustancial. Como thriller cruzado con película de terror psicológico, es risible. Incluso el mismo final, que pretende ser más misterioso que toda la trama junta, es endeble por donde se lo mire. Al menos en eso es coherente con toda la película.  

El hijo (Argentina, 2019). Puntaje: 4

 

Dirigida por Sebastián Schindel. Escrita por Leonel D’Agostino, basada en el cuento Una madre protectora, de Guillermo Martínez. Con Joaquín Furriel, Martina Gusman, Luciano Cáceres, Heidi Toini, Regina Lamm. Fotografia: Guillermo “Bill” Nieto. Música: Iván Wyszogrod. Montaje: Alejandro Parysow. Duración: 92 minutos.

 

 

 

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