Wiñaypacha

14/3/2019

 

“Wiñaypacha es, sobre todo, una película de denuncia social, ya que en la actualidad y desde hace un buen tiempo, los jóvenes han empezado a migrar hacia la urbe para poder especializarse con una profesión o dedicarse a alguna otra actividad comercial o mercantil. Han decidido quedarse en la urbe y olvidarse de su zona de origen, donde se han quedado los padres, quienes han envejecido por los años y en muchas ocasiones trágicamente han perecido en la soledad”, declaró el realizador peruano Oscar Catacora en una entrevista al portal cinestel acerca de su ópera prima que recibió los premios a mejor director menor de 35 años, mejor fotografía y mejor opera prima el Festival de Guadalajara.

 

Filmada en una región apartada del sur de los Andes peruanos y hablada en aimara, Wiñaypacha narra la historia de una pareja de ancianos de más de 80 años, Willka (Vicente Catacora) y Phaxsi (Rosa Nina) que viven en una casita vieja y precaria, tal como lo han hecho toda su vida. Están alejados de toda modernidad, sin contacto con el mundo, haciendo sus tareas de todos los días con esmero y paciencia, enfrentándose a los vaivenes de un clima implacable y, también, a la pobreza de la zona, que no es poca. Además, esperan con angustia el retorno de un hijo del que no saben nada desde hace demasiado tiempo. Nada indica que volverán a verlo.

 

En un registro a mitad de camino entre el realismo y la poesía, y con actores no profesionales debutantes (Vicente Catacora es abuelo del director), el director describe un mundo cerrado en sí mismo que habita un tiempo que parece suspendido. Todo está filmado en locación, iluminado con luz natural, las llamas del fuego o la luz de luna.  No hay música incidental ni decorados. Casi como si fuera un documental, aunque no lo sea. En planos fijos y (a veces demasiado) extensos en su duración, Willka y Phaxsi buscan la comida diaria, alimentan a las cabras, arreglan el techo, celebran rituales antiguos y se cuidan mutuamente. Así, Wiñaypacha es una película realista.

 

Por otra parte, su estética es más bien poética. Aquí la gran protagonista es la impecable fotografía de imágenes con colores pregnantes y texturas casi tangibles, planos compuestos en perfecto equilibrio y armonía, tonos que se complementan y se fusionan. Es un universo bello para contemplar que, eventualmente, va a albergar una tragedia sin muertos pero con mucha destrucción. Antes de eso, son muchas también las cosas difíciles de sobrellevar y mucha la pena por vivir así. Es que el abandono y el olvido tienen formas terribles. Sin estridencias ni melodrama, Wiñaypacha es genuinamente conmovedora, sobre todo en su segunda mitad.   

  

Porque la primera mitad se extiende demasiado en detalles, la progresión dramática es un tanto cansina y, aunque todo sea muy bello, lo que se está narrando no es mucho. Así, la narrativa se torna un poco repetitiva. Pero, a medida que los conflictos de esta pareja van apareciendo (y la esperanza se va perdiendo) el drama adquiere otro espesor y es difícil no sentirse involucrado. Es que las historias de pérdidas son siempre muy tristes.

Wiñaypacha (Perú, 2017). Puntaje: 7

 

Dirigida, escrita y fotografiada por Oscar Catacora. Con Vicente Catacora y Rosa Nina. Montaje: Irene Caijas. Sonido: Edwin Riva, Rosa Oliart. Duración: 86 minutos.

 

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