Mi mejor amigo, de Martín Deus

18/11/2018

“Me interesa plantear cómo en un contexto de apertura ideológica y mayor aceptación de la diversidad sexual, sentirse distinto sigue provocando resistencias, crisis existenciales. Asumirse como lo que se es, convivir con eso y llegar a disfrutarlo, sigue siendo una lucha contra uno mismo y un ritual de iniciación inevitable y desbordante de emociones”, dice Martín Deus acerca de su ópera prima Mi mejor amigo, ganadora del primer premio en la sección Écrans Juniors del Festival de Cannes y del premio Sebastiane Latino del festival de San Sebastián.

 

La trama de Mi mejor amigo es relativamente simple, aunque su discurso esté más sugerido que explicitado, con dobleces y matices escondidos en los intersticios de una historia del subgénero coming of age. Es decir, relatos sobre procesos de maduración y ritos de pasaje de la adolescencia inocente a cierta madurez juvenil. En este caso, también un retrato de un vínculo desde una mirada decididamente intimista.   

 

Lorenzo (Ángelo Mutti Spinetta) es un adolescente no muy diferente a otros adolescentes. Excepto por el hecho de que se lleva muy bien con sus padres, Andrés (Guillermo Pfening) y Camila (Moro Anghileri), y con su hermano menor, Luky (Benicio Mutti Spinetta). Algo que no es muy común entre los adolescentes. La familia vive en una ciudad pequeña de la Patagonia desde hace poco tiempo y se los ve cómodos y contentos. Comprensivos y afectuosos, los padres de Lorenzo se preocupan por el bienestar de sus hijos, sin ser nunca autoritarios o demandantes. Y Lorenzo, estudioso y tranquilo, siempre se esfuerza por hacer las cosas lo mejor posible.

 

Con la llegada de Caíto (Lautaro Rodríguez), el hijo de unos amigos de la familia, de un temperamento díscolo y poco comunicativo, la vida afectiva de Lorenzo va a tomar un nuevo cariz. Porque va a empezar a descubrir, tímidamente, deseos que desconocía. Al principio, va a ser una amistad que se hace más fuerte con cada experiencia compartida. Después, aparece algo parecido (quizás) al enamoramiento. Dicen que los opuestos se atraen y Caíto y Lorenzo no podrían ser más distintos. Pero, a la vez, hay algo que tienen en común que los va uniendo de a poco. Esto no significa que sientan lo mismo el uno por el otro. O sí. No se sabe muy bien.

 

Hay también algo de lo que no se habla. Y tiene que ver con el motivo por el cual Caíto se fue a vivir con la familia de Lorenzo. Es más, apenas lo saben los padres y se cuidan de no mencionarlo nunca. Pero, tarde o temprano, las consecuencias de ese secreto aparecen. No sorprende, entonces, que la calma habitual de la familia eventualmente de lugar a una convivencia un tanto conflictiva.

 

Que la transición entre Lorenzo y Caíto de ser desconocidos hasta ir haciéndose amigos está muy bien lograda es algo que se nota desde los primeros minutos. Deus es hábil cuando se trata de crear momentos verosímiles y nunca forzados que hacen a la construcción de un vínculo de amistad. Primero, hay distancia. Después, de a poco, cercanía. Y todos los pasos intermedios tienen su lógica propia. Incluso el hecho que los dos adolescentes son tan opuestos podría haber sido señalado de una manera trillada, pero aquí ése no es el caso. A su vez, el otro vínculo, el de los chicos con los padres, se desarrolla con naturalidad, se siente que son una familia y no actores haciendo que son una familia.

 

Guillermo Pfening, Moro Anghileri y Lautaro Rodríguez sobresalen con sus interpretaciones. Y lo hacen desde las sutilezas y los detalles. Son espontáneos y eso se nota en sus voces y sus miradas. Y también en el lenguaje corporal. Ángelo Mutti Spinetta tiene un rostro expresivo, alcanza algunos momentos singulares, pero le cuesta transmitir esa naturalidad que al resto le sale tan bien. Incluso sus líneas de diálogo pueden sonar algo ensayadas.

 

Quizás por eso mismo no es fácil creerle del todo a Lorenzo cuando comienza a sentir algo parecido al amor por Caíto. Se percibe que es un adolescente en crisis, pero no uno enamorado. Aunque acá aparece otra cuestión y es una decisión deliberada, y legítima, del director: que exista una marcada ambigüedad en ese sentimiento, que nunca termine de salir a flote y que, en todo caso, apenas aparezca sobre el final. Eso es claro. Pero lo que también es claro es que este afán tan marcado por solamente mostrar la punta del iceberg puede hacer que el iceberg casi no exista. Y no parece que eso sea voluntario. 

 

Porque los gestos del amor, aún del amor más tímido, que pueden llegar a ser muchos y diferentes, acá no están. Hay una mirada del director y hay actos, muy pocos, que el guión dicta – un beso asexuado en un día de campamento, alguna que otra caricia disimulada – pero el deseo sin una carga sexual, más aún en la adolescencia, no es deseo. Es otra cosa. Afecto, seguramente. Pero no hay pulsión amorosa ni carnalidad. Y no se trata de que, efectivamente, los adolescentes tengan que tener sexo o besarse apasionadamente. No es ése el punto. Lo que sí debería existir es la circulación de deseo, aunque no esté consumado, es decir el eros que siempre, aunque sea oculto, está presente en un escenario como éste. Ese palpitar que, aunque sea levemente, estremece. Aunque quizás algo de eso aparece, pero muy sobre el final, y casi porque el guión lo indica.  

 

Como historia de una amistad, Mi mejor amigo le hace justicia a su título. Es creíble desde el principio hasta el final. Como coming of age de la aceptación de un posible amor incipiente y secreto, queda muy a mitad de camino. Es medio anémica. De todos modos, como ópera prima, muestra a un realizador promisorio con muchos más recursos como director que como guionista. No es poco. 

 

Mi mejor amigo (Argentina, 2018). Puntaje: 6

 

Escrita y dirigida por Martín Deus. Con Ángelo Mutti Spinetta, Lautaro Rodríguez, Moro Anghileri, Guillermo Pfening. Fotografía: Sebastián Gallo. Música: Mariano Barrella. Montaje: Alberto Ponce. Sonido: Maximiliano Gorriti. Duración: 90 minutos.

 

 

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December 25, 2019

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