Familia sumergida, de María Alché

16/10/2018

“La protagonista pierde a su hermana y con ella se va una parte de su mundo intangible: conversaciones que tenían, maneras de disponer los objetos en la casa, anécdotas compartidas, gestos, sensaciones, y se queda con el abismo de ser a partir de ahora, la más grande de su familia. Asiste al comienzo de una transformación: qué de esas cosas intangibles es absorbido por los que quedan, qué se transmite y qué desaparece por siempre. La película propone una indagación de los caminos personales de la protagonista que en estado de despedida, se permite otro modo de estar” dice María Alché (actriz de La niña santa, de Lucrecia Martel) acerca de su ópera prima, Familia sumergida, ganadora del premio Horizontes Latinos en el Festival de San Sebastián y ahora estrenada en salas comerciales.

 

Es verano en Buenos Aires y la ciudad está vacía y calurosa. Marcela (Mercedes Morán) es la protagonista de esta historia de duelos y descubrimientos, quien se embarca en un viaje introspectivo sin destino cierto a partir de la muerte de su hermana. Tiene que desarmar su casa, tarea dolorosa si la hay, y al hacerlo también es invadida por los recuerdos de otras personas y otras conversaciones. A la par, tiene que seguir con todas las tareas del hogar, que incluyen atender las demandas de sus hijos adolescentes, y encima sin la ayuda de su marido (Marcelo Subiotto), que se fue de viaje.

 

Un hombre se va y otro viene, es Nacho (Esteban Bigliardi), un amigo de su hija mayor que tiene más de veinte años menos que Marcela, que aparece para arreglar el lavarropas que no funciona. De algo tan doméstico se va a generar algo parecido a un vínculo, ya que a Nacho le importa lo que le está pasando a Marcela y se lo hace saber. Y para Marcela, Nacho es alguien que puede sacarla de un estado emocional convulsionado y llevarla a otro estado, uno casi adolescente donde ella ya no es madre sino mujer deseada y deseante.

En Familia sumergida, Mercedes Morán brinda una de las mejores interpretaciones de su carrera, quizás incluso la más compleja. No se trata solo de transmitir un estado de duelo casi en carne viva, sino también de mostrar los intentos de fuga de, precisamente, ese duelo. Es como estar un poco acá y otro poco allá, pendulando rítmicamente, sin quedarse quieta ni por un minuto. Al mismo tiempo, también tiene que estar presente en el aquí y ahora para hacerse cargo de su vida cotidiana. En ese ir y venir entre lo concreto y lo abstracto, lo palpable y lo intangible, la actriz construye un personaje con tantas capas como matices. Una mujer que se va descubriendo a sí misma a la vez que se revela ante el espectador. Porque la Marcela de Morán no tiene nada de predecible.  

 

Alché es minuciosa y metódica a la hora de construir un convincente registro de un realismo bien depurado: se nota muy bien en los diálogos, en el fraseo de las palabras, en los silencios y las pausas, en los gestos y los movimientos de los actores, en el fluir de la historia como un todo. Casi como si la cámara estuviese allí por mera casualidad, registrando un mundo que se despliega por sí solo. Hay también un par de secuencias en otro registro, surreal y onírico, que están ligadas a recuerdos (¿o recreaciones?) de Marcela. Con fluidez, estas secuencias entran y salen desde el mundo real sin hacer ruido en la estética general de la película.

 

Es que formalmente todo está muy calculado y muy bien ejecutado. Y aún así no es una película encerrada en su formalismo. En cambio, en mayor o menor medida, es una película que está viva y respira. Si se le puede hacer un reparo, se podría decir que su estilo remite, voluntariamente o no, a una estética propia del universo de Lucrecia Martel. Más allá de su labor como actriz, María Alché ha filmado un par de cortometrajes en solitario y, por otra parte, también ha sido colaboradora de Martel en diferentes oportunidades, por lo que no debería sorprender que es posible que haya adquirido un modo de ver y de filmar que, en parte, puede ser muy similar al de la directora salteña. Esencialmente, el realismo tan bien depurado que Martel ha construido en sus películas, un realismo que a veces está enrarecido, tiene ecos en varias secuencias de Familia sumergida.      

 

Nada de lo anterior le quita mérito al corazón de la película, que es el viaje interno de su protagonista expresado a través del rostro, el cuerpo y la voz de Mercedes Morán, una gran actriz dirigida magistralmente por una talentosa nueva directora.

Familia sumergida (Argentina, Brasil, Alemania, Noruega, 2018). Puntaje: 7

 

Escrita y dirigida por María Alché. Con Mercedes Morán, Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi, Diego Velázquez, Laila Maltz, Ia Arteta, Federico Sack. Fotografía: Helene Louvart. Música: Luciano Azzigotti. Montaje: Livia Serpa. Sonido: Julia Huberman.  Duración: 91 minutos.

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