La monja, de Corin Hardy

4/10/2018

La monja es, ante todo, una película muy olvidable. En segundo lugar, es una película de terror que no genera un miedo genuino – apenas algún que otro sobresalto, de tanto en tanto. Y para peor, tampoco alcanza ni la tensión ni el suspenso necesarios para sostener su trama tan endeble. Lo que quizás no debería sorprender ya que es otro producto más derivado de El conjuro (2013), que sí es una película sobresaliente. Después vino el primer spin-off y también precuela, Annabelle (2014), que no le llega ni a los talones de El conjuro. En 2016, llegó El conjuro 2 (2016), que si bien es inferior a la original, tampoco es una mala secuela. Y después vino Annabelle 2 (2017), una secuela que, curiosamente, es bastante mejor que su predecesora. Para mal de los fans del cine de terror, La monja es la peor de todas.

 

El punto de partida es el misterioso suicidio de una monja en una abadía de Rumania, a raíz de un muy poco feliz contacto con las fuerzas del Mal. Para investigar su horrible muerte, el Vaticano envía a la abadía a un sacerdote experto en cazar demonios (a medida que transcurre la película va a ser más que evidente que de experto no tiene nada) y a una novicia a punto de tomar sus votos finales. Se le suman el lugareño que halló el cadáver. Así comienza una travesía en terrenos oscuros y ominosos. 

 

La premisa no es mala, por más que no sea novedosa. Se puede hacer mucho con una historia clásica de posesiones y demonios. Eso siempre y cuando la historia tenga alguna lógica, y ése no es el caso aquí. Porque nunca queda muy claro qué es lo que La monja quiere contar. Su trama se dirige en una dirección, súbitamente hay un punto de giro y lo que sigue casi es un fragmento de otra historia que otra película podría estar contando, aunque con los mismos personajes. Cuando parece que la trama encuentra su rumbo y empieza a ganar impulso, una vez más se impone un cambio - porque el guión así lo indica - y todo se confunde y se diluye. Y así sucesivamente.

 

Tomados aisladamente, los sustos no están mal. Son de fórmula, sin duda, y quizás los efectos sonoros son excesivos, pero aún así son medianamente efectivos. Nada genera un miedo visceral, pero algo de sorpresa hay. Claro que la sorpresa se esfuma cada vez que los personajes explican la trama a través del diálogo. Una trama que no tiene sentido explicada con diálogos trillados. Bueno, es así de penoso.

 

Lo que sí funciona son los climas y el diseño de producción general. Como si fuera una película de la Hammer, La monja apuesta por la artificialidad en la iluminación y los escenarios, y sale airosa. Una atmósfera gótica lo envuelve todo, con pasajes iluminados por candelabros, sonidos de ramas que crujen, puertas que se abren solas, cánticos que parecen venir del más allá, y, por supuesto, la neblina que cubre las lápidas del cementerio. Es cautivante al estilo cine clase B, con muchos clichés y todos bien usados. Pero con esto no basta. Ni remotamente.  

La monja (The Nun, EEUU,  2018). Puntaje: 4

 

Dirigida por Corin Hardy. Escrita por Gary Dauberman. Con Taissa Farmiga, Demián Bichir, Bonnie Aarons, Charlotte Hope, Ingrid Bisu, Jonas Bloquet, Jonny Coyne, Manuela Ciucur, Jared Morgan, Sandra Teles. Fotografía: Maxime Alexandre. Música: Abel Korzeniowski. Duración: 96 minutos.

 

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