Teatro de guerra, de Lola Arias

15/9/2018

Después de su estreno internacional en el Festival de Berlín 2018, donde se alzó con el premio CICAE y el Premio del Jurado Ecuménico, y de su paso por el BAIFICI 2018, donde ganó el Premio a Mejor Dirección, se estrena Teatro de guerra, el primer largometraje de la directora de cine y teatro Lola Arias, en la Sala Lugones a las 21:30 hs, hasta el 18 de septiembre, y en el Malba, los sábados a las 20 hs, durante todo septiembre. 

 

Teatro de guerra es, antes que nada, una película muy singular que explora la frontera entre la realidad y la ficción y que no se parece a nada que se haya hecho antes sobre el tema. Porque reúne a veteranos argentinos y británicos de la Guerra de Malvinas/Falklands para discutir, ensayar y representar sus recuerdos 35 años después del conflicto armado. Arias empezó a desarrollar este proyecto en el 2013 al ser convocada por el Festival Internacional de Teatro de Londres para un evento llamado “Después de una guerra”, en el que artistas internacionales presentaron diversas obras sobre las consecuencias de distintos conflictos armados. Interesada en trabajar sobre los efectos a largo plazo que tuvo la Guerra de Malvinas/Falklands sobre sus veteranos y la sociedad, Arias presentó una videoinstalación compuesta por cinco cortometrajes en los que veteranos de Malvinas recreaban sus memorias de la guerra en los espacios donde viven o trabajan hoy.

 

“Este primer trabajo me permitió trabajar con veteranos argentinos sobre cómo narrar y representar sus propias experiencias. Empecé a preguntarme qué historias tendrían los ingleses, y qué pasaría si reuniese veteranos de ambos países para trabajar juntos durante un período largo de tiempo. Decidí hacer una obra y un largometraje en el cual pudiera incluir a todas las historias argentinas e inglesas en un solo relato. Quería que recrearan juntos sus memorias de guerra y reflexionaran sobre las consecuencias a largo plazo de la guerra en sus vidas”, dice Lola Arias.

Así fue que surgió Campo Minado - la pieza teatral - que se estrenó en 2016 en el Royal Court Theatre de Londres, realizó una temporada en Buenos Aires a sala llena y fue presentada en otras 25 ciudades internacionalmente. Ambas propuestas, Teatro de Guerra y Campo Minado, se presentaron este mes en el marco de la Temporada Internacional Reino Unido – Argentina, en el Complejo Teatral de Buenos Aires.

 

Para llevar a cabo Teatro de guerra, Arias seleccionó a tres veteranos ingleses y tres argentinos  que luego pasaron meses reconstruyendo sus memorias de guerra y, a modo de experimento social, la película documenta qué puede llegar a significar, aquí y ahora, realizar un proyecto artístico con antiguos enemigos de guerra. Entonces, por un lado, están las audiciones para encontrar a los mejores protagonistas posibles y las primeras charlas con ellos. Es aquí donde surgen sus primeras confesiones, los relatos dolorosos que aún hoy están a flor de piel, los momentos de introspección para tratar de entender lo inentendible. Por otro lado, están las construcciones teatrales de sus recuerdos en diferentes espacios: una pileta de natación, una obra en construcción, un regimiento militar. En tercer lugar, hay escenas donde nuestros protagonistas son confrontados con alumnos de una escuela, psicólogos, y actores jóvenes. Y otras cosas más que conviene descubrir a medida que se desarrolla una película que de predecible no tiene ni un solo plano.  

 

Teatro de guerra nunca es pretenciosa, distante, y, mucho menos, cool. No es un ejercicio intelectual y estético donde el estilo lo es todo, no es una puesta en escena posmoderna vacía de contenido, y tampoco es un ensayo fílmico académico que busca impresionar con su sofisticación. Todo lo contrario. Y ésta es la primera gran sorpresa al transitar la experiencia que propone Lola Arias. Porque aún enfatizando la artificialidad de los mecanismos de la representación, todo se siente tan auténtico como inmediato. Precisamente, gracias a la maestría con la que la directora ejecuta su obra, los sentimientos y emociones de estos veteranos, que afloran en este presente al evocar un pasado tan doloroso, se hacen carne en el espectador, que no puede ni permanecer indiferente ni intelectualizar el sufrimiento de los demás para que quede en una lejanía.

Es difícil distinguir, y está bien que así sea, cuándo algo ha sido ensayado muchas veces o cuándo es dicho por primera vez. No poder distinguir permite que la experiencia sea un descubrimiento permanente y que la sorpresa aparezca casi de repente. Pareciera que hay zonas en las que las interpretaciones han sido dirigidas con mucha exactitud, hay otras zonas donde es evidente que así fue, y también hay muchos momentos donde se percibe que la improvisación fue la gran protagonista. Uno se pregunta cuánto hay de documental – tal es el peso de la verdad – y cuánto hay de ficción – de tan verosímil que es la representación – pero eso poco importa. Porque sea como fuere, todo está al servicio de convertir la inenarrable experiencia de la guerra en una historia articulada con varios relatos que evocan el horror que nadie podría mostrar. Ni aún con las imágenes más descarnadas.  

 

Tal como ha señalado Arias, la película muestra a los veteranos convertirse en sujetos de sus propias historias, actores de su propio guión, en lugar de ser simples criaturas detrás del lente de la cámara. Del mismo modo que los relatos se alternan, se enfrentan y se complementan, el tono de la película va mutando, sin prisa ni pausa, casi siempre. Pero, también, a veces cambia bruscamente. De vez en cuando el aire es ligero y el tono afable, en conversaciones parecidas a las que tendrían dos amigos que se reencuentran después de un largo de tiempo de no verse. O como si dos personas, con tantas afinidades como diferencias, se sentasen a charlar por primera vez. Otra veces, lo que está latiendo detrás de cada palabra es lo ominoso, que habita en un fuera de campo que nunca se actualiza, pero que está tan vivo como ese infierno tan temido del que estos veteranos pudieron escapar. Al menos, físicamente. Al menos, con la posibilidad de reconstruirse.

 

Porque Teatro de guerra no es una película depresiva, no busca hundir al espectador en la angustia, no quiere darle a la guerra la capacidad para seguir matando. Hasta incluso tiene momentos de comedia. Es una película de una vitalidad inusitada que nunca cae en el optimismo facilista. Apuesta por un renacer genuino, pero sin concesiones hipócritas. Lograr que el trauma colectivo e individual que vive en los recuerdos sea puesto en palabras y acciones de este presente, haciendo pensar y conmoviendo, todo en aras de un futuro mejor, es un logro francamente admirable. Más bien, una gran conquista cinematográfica y humanista a la vez. 

Teatro de guerra (Argentina, España, Alemania, 2108) Puntaje: 8     

 

Escrita y dirigida por Lola Arias. Con Lou Armour, David Jackson, Rubén Otero, Sukrim Rai, Gabriel Sagastume, Marcelo Vallejo. Fotografía: Manuel Abramovich. Clínica de proyecto: Alan Pauls. Montaje: Anita Remón, Alejo Hoijman. Sonido: Sofía Straface. Asesoramiento artístico: Alejo Moguillansky, Graciela Speranza. Coproducido por Bettina Walter (BWP), Ingmar Trost (SUTOR KOLONKO), Pedro Saleh (SAKE ARGENTINA), SWR-ART Producido por Gema Films, Gema Juárez Allen, Alejandra Grinschpun. Duración: 73 minutos


 

 

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