La educación del Rey, de Santiago Esteves

30/8/2018

 “La educación del Rey es un relato de iniciación dentro de la clase armada de nuestra época: los guardias de seguridad y los ladrones. Filmada en la ciudad de Mendoza, atravesada por el desierto y los cerros, toma elementos del policial y del western. Pero sobre todo, intenta poner en escena la relación entre un hombre al final de su camino y otro que recién empieza a transitarlo”, dice Santiago Esteves acerca de su ópera prima, una bienvenida sorpresa para el cine nacional, que no se caracteriza por la solidez de sus policiales. Pero siempre hay excepciones inesperadas.

 

Reynaldo, alias “Rey” (Matías Encinas), un adolescente sin presente y sin futuro, se une a otros dos chicos para realizar su primer robo. Es un robo sin muchos riesgos, en una comisaría. Pero aún así sale mal. De todos modos, Rey logra escapar con el dinero. En la huida, corriendo entre las casas del barrio, cae en el patio de Carlos Vargas (Germán De Silva), un guardia de seguridad retirado y también un buen hombre que conoce lo que es tener una vida difícil. No quiere entregar a Rey a la policía y, en cambio, le ofrece un acuerdo: que arregle los daños que causó al caer en el patio y después se puede ir. Rey acepta y, de a poco, empieza a entablar un vínculo que Vargas, quién bien podría ser su padre.

 

En los policiales - y en muchos westerns también - hay muertes, robos, estafas o venganzas. También hay traiciones, golpes y peleas. Es necesario que el suspenso y la tensión estén bien presentes, aunque la procesión vaya por dentro. La violencia puede ser explícita y visceral, o también seca y árida. Pero todo esto es solamente una parte. Algunos incluso podrían decir que es la parte menos significativa. Porque la otra parte, la que estructura toda la historia de un policial, tiene que ver con hacer una radiografía de las condiciones políticas, éticas y morales del entorno social. Lo que realmente importa es hablar de cómo están las cosas y de por qué están cómo están. Así, el retrato suele ser bastante oscuro: policías corruptos, necesidad de obtener dinero a toda costa, mujeres fatales, criminales de todo tipo, todo demarcado por una línea muy borrosa que separa la legalidad de la ilegalidad.   

 

A La educación del rey le sobran méritos en las dos partes. A juzgar por el nivel de realismo y la exactitud con la que muestra a una Argentina decadente y empobrecida hasta podría haber sido un documental. Lo que se ve es lo que pasa hoy, sin ornamentos ni justificaciones. Y los personajes hablan y se comportan tal como lo harían en la vida real. Sin estridencia ni gritos desde la barricada, Esteves expone verdades que no se quieren ver. Evita la trampa facilista de condenar a los criminales por ser, justamente, criminales. Tampoco los romantiza. Digamos, más bien, que los entiende sin apañarlos. Por otra parte, la policía corrupta no es demonizada. Pero tampoco se empatiza con ella. Es que no tiene defensa posible, todos ya sabemos cómo es.

 

La mirada de Esteves es solidaria para con los que menos tienen o los que la pasaron peor. Por eso, el núcleo afectivo está en la relación entre Rey y Vargas. Aquí se anuda el relato de iniciación de un joven en busca de una salida, tanto concreta como simbólica. Puede ser que, en ocasiones, Vargas sea demasiado comprensivo y Rey demasiado buenito. Puede ser que, a veces, está relación refleje la premisa de la película de una manera demasiado explícita. Esto, en todo caso, pone en crisis la verosimilitud de algunas decisiones que toman los personajes. Pero eso no le quita valor a todo el resto. Ni realismo al cuadro general.

 

Siendo una película más de personajes que de trama, las interpretaciones no pueden descuidarse. Y a Santiago Esteves no le falta talento para dirigir a sus actores. Y a sus actores, tampoco. Así uno se puede involucrar en lo que pasa, en vez de verlo desde afuera. Porque esta historia así lo pide. De otro modo, sería apenas una sucesión de corridas, balazos, peleas y huidas. Y un policial no es eso.      

La educación del rey (Argentina, 2017) Puntaje: 7

 

Dirigida por Santiago Esteves. Escrita por Santiago Esteves, Juan Manuel Bordón. Con Matías Encinas, Germán De Silva, Jorge Prado, Mario Jara, Elena Schnell, Martín Arrojo, Walter Jakob, Marcelo Lacerna, Esteban Lamothe. Fotografía: Cecilia Madorno. Sonido: Lucas Kalik. Música: Mario Galván. Montaje: Santiago Esteves. Duración: 93 minutos.

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