El ángel, de Luis Ortega

27/8/2018

Que el cine siempre ha tenido vocación por los criminales no es ninguna novedad. A punto tal que le ha dedicado géneros propios: el policial clásico, el thriller, el cine negro, las películas de mafiosos. No son géneros muy transitados en Argentina – al menos no en las últimas décadas - , sin embargo, de un tiempo a esta parte, algunos de nuestros cineastas han hecho foco en figuras emblemáticas. Pablo Trapero escribió y dirigió El clan (2015),  un retrato de la infame familia Puccio que, aunque es un tanto superficial, tiene sus aciertos en sus climas y en las interpretaciones, particularmente las de Guillermo Francella y Peter Lanzani. Después, la historia de los Puccio fue llevada a la pantalla chica en forma de serie por Luis Ortega en Historia de un clan, escrita por Ortega, Javier Van De Couter y Pablo Ramos. Aquí sí el drama adquiere otro espesor y también más matices.

 

Y ahora llega la nueva película de Ortega, El ángel, una versión libre de la vida de Carlos Robledo Puch, escrita por Ortega, Rodolfo Palacios y Sergio Olguín. Cualquier persona que recuerde los ’70s – y quienes no los vivieron también – saben que Carlos Robledo Puch fue un brutal asesino múltiple, apodado el Ángel Negro por la prensa. Desde marzo de 1971 a febrero de 1972 cometió unos 17 robos y asesinó a 11 personas, convirtiéndose a sus 20 años en uno de los mayores criminales de la historia argentina. Fue detenido en febrero de 1972, y luego juzgado y condenado en 1980 a reclusión perpetua por tiempo indeterminado, la pena máxima en Argentina. Desde entonces, cumple su condena en el penal de Sierra Chica.

 

Pero a Ortega no le interesa la historia oficial y tampoco le interesa el rigor del policial como género para hablar de este joven querubín tan bello como temido. Lo suyo tampoco es un documental, sino una ficción basada libremente en eso que se llama realidad. Por eso, el ángel de Ortega, interpretado magistralmente por el debutante Lorenzo Ferro, es otra cosa. Es, en primer lugar, un personaje enigmático y opaco. Es imposible saber con certeza – o sin certeza – por qué hace lo que hace, qué gratificación obtiene, cómo funciona su psiquis y su afectividad. Sí, roba para tener lo que quiere ya que no cree en el trabajo y tampoco en la propiedad privada. Pero su conducta va mucho más allá. No es sólo por eso.

 

Que alguien tan desamorado pueda resultar fascinante para el público no es tarea fácil. Sobre todo porque tampoco hay ningún discurso que explique que fue una víctima de una mala crianza, de los golpes de la vida, o de la falta de amor. No es un pobrecito. De hecho, en la pericia psiquiátrica de su juicio se expuso que: “Procede de un hogar legítimo y completo, ausente de circunstancias higiénicas y morales desfavorables. Tampoco hubo apremios económicos de importancia, abandono del hogar, falta de trabajo, enfermedades, conflictos afectivos”.

Entonces, darle vida a este ángel negro, sin bajar una línea moral y evitando que el público lo haga, es quizás el mérito más importante de la película. Ayuda, y mucho, el escalofriante parecido físico entre el Lorenzo Ferro y Carlos Robledo Puch. Hasta comparten el mismo aire de falsa inocencia. Como su familia adoptiva tenemos a su compañero de robos y homicidios, interpretado por el Chino Darín, y a sus padres, interpretados por Daniel Fanego y Mercedes Morán. Todos están en perfecta sintonía y  construyen personajes bien reales. Por su parte, Cecilia Roth y Luis Gnecco  interpretan a los padres de Puch con empatía, afectuosidad y desgarro. 

 

El ángel de Ortega también es una suerte de figura pop, una especie de chico rebelde con costumbres un tanto oscuras. Es una figura de la época, un extraño de pelo largo sin preocupaciones – la inclusión de la legendaria canción de La joven guardia no podría ser más indicada. Y el mundo en el que vive este extraño es un mundo con varias aristas. A veces es considerablemente naturalista, otras veces es evocativo y casi nostálgico, y en no pocas oportunidades está enrarecido. Nunca es realista y sucio.

 

La misma ambigüedad con la que se retrata al protagonista está presente en algunas escenas que funcionan más en el nivel de la metáfora que en su literalidad. No queda claro qué significa que el ángel cuidadosamente deposite joyas robadas en los genitales de su amigo desnudo y dormido, en un plano que dura apenas algunos segundos. Pero eso no importa. O, mejor dicho: gracias a no poder saber, la película se hace tan elusiva como su protagonista.

 

Por otra parte, y aun aceptando que a Ortega no le interesa el suspenso o la tensión del policial, El Ángel tiene un pulso un poco anémico. Es tan desapasionada y distante como elegante y moderna. Es una película que se mira con admiración, pero sin entrar mucho en el drama. Si eso es un efecto buscado o no es difícil de saber. A veces pareciera que no. 

 

Aunque esto no debería sorprender. Porque, en mayor o menor medida, las películas de Luis Ortega – Caja negra, Monobloc, Los santos sucios, Verano maldito, Dromómanos, Lulú – son más recordables por su realización que por sus guiones. Sus búsquedas y sus logros estéticos son siempre notorios. Pocas películas argentinas recientes están tan bien fotografiadas como El ángel. Pero su narrativa no causa el mismo impacto emocional. Sabiendo esto, El ángel es más que disfrutable. Hasta tiene un par de momentos gloriosos.      

El ángel (Argentina, España, 2018). Puntaje: 8

 

Dirigida por Luis Ortega. Escrita por Sergio Olguín, Luis Ortega, Rodolfo Palacios. Con Lorenzo Ferro, Chino Darín, Daniel Fanego, Mercedes Morán, Cecilia Roth, Peter Lanzani, Luis Gnecco, Malena Villa, William Prociuk, Fernando Noy. Fotografía: Julián Apezteguia. Montaje: Guille Gatti. Diseño de producción: Julia Freid. Vestuario: Julio Suárez. Sonido: José Luis Díaz. Duración: 117 minutos.

 

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