El repostero de Berlín, de Ofir Raul Graizer

25/8/2018

La opera prima del israelí Ofir Raul Graizer, El repostero de Berlín, comienza, tal como su título en español indica, en Berlín (el título original es The Cakemaker / El repostero), y comienza en un día que no tiene nada de particular. Oren (Roy Miller) es un ingeniero israelí que viaja con frecuencia, y por negocios, a la capital alemana. En cada visita va a tomar y comer algo a una pastelería administrada por Thomas (Time Kalkhof), un joven alemán muy reservado que, sin embargo, no deja de mostrar su atracción por Oren. Y viceversa. No va a pasar mucho tiempo hasta que los dos hombres comienzan una relación amorosa, que probablemente sería ideal de no ser porque Oren tiene esposa y un hijo pequeño en Israel. Thomas está al tanto de esto y lo acepta como parte de las reglas del juego. Al menos, durante el principio del romance.

 

Porque, tarde o temprano, le pide a Oren que formalicen su relación, por así decirlo. Con justa razón, desea que se separe de su esposa y se quede a vivir con él. Pero, para Oren, eso no va a pasar nunca. Para él, tener una familia es importante. Es esencial, mejor dicho. Thomas acepta a regañadientes y el romance continúa.

 

Es decir, continúa hasta que Oren muere en un accidente automovilístico en Berlín. Devastado, Thomas decide viajar a Jerusalén a conocer a Anat (Sarah Adler), la viuda de Oren, y pedirle trabajo en su café. Y lo consigue. Claro está que no le revela su identidad. Y en vez de terminar siendo un simple lavacopas, Thomas le muestra a Anat cómo cocinar unas tortas riquísimas, que pronto hacen que el café aumente su clientela. Ella queda encantada. Al que no le gusta mucho toda esta situación es a Motti (Zohar Shtrauss), el cuñado de Anat, un religioso ortodoxo. Eso de por sí ya es un problema, al que se le suman otros dos: la presencia de un alemán en la cocina podría causar que el café pierda su licencia para funcionar como un lugar de comida kosher; y, por supuesto, no es difícil imaginar que es solo una cuestión de tiempo hasta que Anat descubra, de uno u otro modo, el vínculo que unía a Oren con su difunto marido.

El repostero de Berlín tiene muchas de las características del melodrama, pero no está jugada en un clave de sentimientos desatados y emociones abrasadoras. Es, en todo caso, un melodrama sereno, retraído, sin estridencias. Ese tono le da una conmovedora verosimilitud porque, al fin y al cabo, lo que está en el centro del conflicto es la necesidad imperiosa de duelar a un ser querido y eso muchas veces se hace en silencio. Nunca se explica por qué Thomas necesita hacer el viaje a Alemania para conocer a Anat. Pero no es necesario. Uno puede suponer que se trata de estar junto a la persona más cercana a Oren. Porque esa persona que lo vio por última vez probablemente pueda ser un bálsamo para tanto dolor.

 

Pero hay algo más interesante todavía: la noción de ocupar el cuerpo del ser que ya no está, que es lo que hace Thomas al ser para Anat lo que Oren era antes – relación sexual mediante. A la vez, para Anat, que le presta ropa de su marido al repostero, la situación es la misma, pero al revés. Ella construye en Otro el cuerpo que desapareció, él pone su propio cuerpo para transformarlo en el del Otro. Así, inconcientemente o no, intentan clausurar el vacío que siempre deja una ausencia.  

 

Nada se explicita mucho a través del diálogo y eso hay que agradecerlo – aunque también es cierto que un par de metáforas visuales son un tanto obvias. Hablar de lo que no está sin mencionarlo no tiene nada de fácil, pero aquí se logra con fluidez y naturalidad. Ayuda y mucho que las interpretaciones sean tan convincentes; no tienen momentos declamados ni subrayados. De tenerlos, la ambigüedad de no pocas escenas desaparecería. Y la idea no es, tampoco, construir personajes que llamen demasiado la atención sobre sí mismos. Porque, en gran medida, la procesión va por dentro y lo que se tiene que ver es la punta del iceberg.

 

Por otra parte, la flaqueza de El repostero de Berlín está en su puesta en escena y en la textura de la imagen misma. No solo es todo excesivamente convencional, sino que parece una puesta más teatral que cinematográfica. O incluso una televisa, si se quiere. Lo que falta acá es un uso expresivo e inteligente de los elementos del lenguaje cinematográfico, en vez de una fórmula elemental ejecutada con corrección.

 

Dicho eso, el drama en sí mismo, el conflicto de estos dos personajes que buscan algo de solaz y redención, no deja de ser seductoramente intimista. Y a medida que progresa el metraje, todo aquello que inicialmente podía parecer anecdótico termina siendo complejo, con más matices de lo esperable. Y sí, también conmueve.

El repostero de Berlín (Alemania, Israel, 2017) Puntaje: 7

 

Escrita y dirigida por Ofir Raul Graizer. Con Zohar Shtrauss,  Sarah Adler,  Tim Kalkhof,  Roy Miller,  Stephanie Stremler, Tagel Eliyahu. Fotografía: Omri Aloni. Música: Dominique Charpentier. Duración: 113 minutos.

   

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