La otra piel, de Inés de Oliveira Cézar

20/8/2018

"La sensación de haber vivido otra vida, atravesada por un azar incierto, me llevó a concebir esta película con la intención de que lo indecible quede expuesto en la superficie de la pantalla. Lugares, recorridos, detalles, luces y sombras fueron vehículos de esta narración en la que los pensamientos están a flor de piel, sin traducción posible en palabras”, dice la directora Inés de Oliveira Cézar (Como pasan las horas, Extranjera, El recuento de los daños, Cassandra) acerca de su nueva película, La otra piel, protagonizada por María Figueras, Rafael Spregelburd, Pablo Seijó, Roxana Berco y Mónica Galán.

 

Ninguna de las películas de Oliveira Cézar se caracteriza por explicitar su premisa ni por explorar conflictos bien visibles. Lo que no quiere decir que sean, necesariamente, crípticas o cargadas de simbolismos indescifrables. O que no pase nada. En cambio, la búsqueda de sentidos está siempre en un plano más allá de lo literal, en un terreno al que se accede por sutilezas de la sensibilidad y asociaciones libres, y no por razonamientos lógicos o lecturas dirigidas. Por eso, son desafíos no exentos de riesgos donde lo que más importa es el camino y no tanto el punto de llegada.

 

La otra piel es fiel al estilo de la realizadora y es, también, clásica y moderna al mismo tiempo. Por un lado, narra una historia que, en sí misma, no tiene nada de extraordinario: Abril (María Figueras) es una tatuadora que está atravesando una profunda crisis amorosa, por eso un día como cualquier otro hace la valija y se va a pasar un tiempo a una isla en Brasil. Su pareja es un dramaturgo (Rafael Spregelburd), siempre muy ocupado con los ensayos de una obra que pronto será estrenada (para ser más precisos, la obra se llama La terquedad, fue escrita y dirigida por el mismo Spregelburd y se estrenó en el 2017 en el Teatro Cervantes). Que el dramaturgo no tiene tiempo para estar con Abril es evidente, pero pareciera que algo más pasa en la pareja. Aunque es imposible saber qué es.

 

Es que lo mismo le pasa a Abril con su vida. Porque a medida que progresa el metraje, queda claro que la suya no es solamente una crisis amorosa. Ya en Brasil va a tratar de saber qué le pasa, quién es, qué le falta o qué le sobra. Pero el alivio que resultaría de poder responder esas preguntas no aparece por ningún lado. Es que, sencillamente, no tiene respuestas. Pareciera, también, que el tiempo ya no transcurre, sino que está suspendido, y que Avril habita una especie de limbo donde no llegan los susurros del mar. Es como si toda esa agua no pudiese abrazarla.   

Se podría decir que La otra piel es clásica en la medida en que desarrolla su premisa, en gran parte, en forma lineal, y que el registro de actuación es, mayormente, naturalista. Que apele mucho más a los gestos y a los silencios que a los diálogos tampoco la hace menos clásica. Y que sea esquiva a la hora de la interpretación no es, en sí mismo, un rasgo rupturista.

 

Pero, por otro lado, al dramaturgo primero lo vemos trabajando en los ensayos y diciendo en off los textos de La terquedad. Después, en la segunda mitad de la película, solo escuchamos su voz en off y lo que se dice no se relaciona directamente con momentos en la crisis existencial que atraviesa Abril. Sin el contexto de la obra teatral como un todo, se hace todavía más difícil darle sentido a textos que, de por sí, son mucho más poéticos que descriptivos. Y la cámara, siempre atenta y nunca invasiva ante cada movimiento de Abril, no puede transcribir lo que las palabras no dicen.  Aunque sí puede filmar el cuerpo. Pero, ya se sabe, entender qué dice el cuerpo tampoco es fácil.  Es por esto que La otra piel es moderna.

 

Pero no es la audaz estructura dramática lo que primero llama la atención, sino la afinadísima y perceptiva interpretación de María Figueras, una actriz con una reconocida trayectoria teatral. Considerando la ambigüedad y ambivalencia de todo lo que le pasa, su personaje podría haber resultado en un mero conjunto de tics ensayados, gestos misteriosos y miradas enigmáticas. Es lo que habría hecho una actriz sin recursos genuinos. Pero no es ése, para nada, el caso con Figueras. Porque lo que se siente es que hay algo muy profundo que es realmente movilizante. Se percibe su desconcierto, su sufrimiento y su impotencia frente a lo indecible. Es que nada es tan apabullante como no poder enlazar la angustia.

Hay escenas, y no son pocas, que tienen un aire enrarecido, como si la realidad física se entrelazara con las subjetividades de la protagonista, sin saber muy bien cuándo empieza una cosa y cuándo termina la otra. Son escenas con una fuerte carga poética, pero se trata, una vez más, de una poesía que deja de lado todos los lugares comunes. Algunas funcionan mejor que otras y, en alguna medida, esto depende de la receptividad del espectador y su deseo de participar activamente para completar la lectura. No una lectura cerrada que todo lo explique – eso no existe en este tipo de cine – pero sí una que amplíe los márgenes de la representación y proyecte las propias subjetividades del espectador.

 

Por otra parte, los ensayos de la obra y la voz en off que articula los textos son atractivos en sí mismos. Aquí también el tiempo y sus vaivenes son elementos recurrentes. Pero lo que puede resultar un poco frustrante es que uno se queda con ganas de poder asociarlos mejor con la premisa central de la película. Se entiende que la idea es que circulen libremente, pero aún así anclarlos más al drama habría sido, quizás, más gratificante. A veces también generan cierta molestia al interrumpir la cadencia y el carácter contemplativo del devenir de la protagonista. Es como si tanta fragmentación cortase un fluir vital, y no es fácil saber si eso es deliberado o no. 

 

De lo que no queda alguna es de la singularidad y la madurez de La otra piel. Su naturaleza tan sensorial es muy pregnante, y su emotividad contenida, pero casi tangible, no deja lugar para la indiferencia. Es una película que al espectador le propone ser experimentada, en vez de ser vista. No es una película perfecta, pero no parece que busque serlo. En cambio, es algo un poco más interesante: una película elusiva que habita un presente errático que parece no tener fin.  

La otra piel (Argentina, 2018) Puntaje: 7

 

Escrita y dirigida por Inés de Oliveira Cézar. Con María Figueras, Rafael Spregelburd, Pablo Seijó, Roxana Berco, Mónica Galán. Fotografía: Federico Bracken. Montaje: Ana Poliak. Dirección de arte: Betania Rabino. Sonido: Gustavo Pomeranec, Adrián Rodriguez, Favio Pecoro. Música: Gustavo Pomeranec, Luis Gayotoo. Duración: 110 minutos.

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