Una pastelería en Tokyo, de Naomi Kawase

18/8/2018

“Una pastelería en Tokio es el encuentro de dos almas que se unen para enfrentar los obstáculos de la vida. ¿Cuántas veces debemos ser derribados antes de que podamos llegar al paraíso? A veces un silencio impenetrable nos envuelve. Y sin embargo, la alegría resultante del compromiso y la conexión con el mundo nos permiten apreciar mejor sus cambios y evolución. Hay momentos en que podemos encontrarnos llenos de arrepentimiento y desesperación, y sentir ganas de rendirnos. A pesar de esto, o tal vez incluso debido a esto, no obstante somos capaces de mantener nuestras esperanzas y de continuar teniendo fe en el futuro”, dice la cineasta japonesa Naomi Kawase acerca de An (Una pastelería en Tokyo), presentada en la sección Un Certain Regard en Cannes en 2015, pero estrenada recientemente en Argentina.

 

Ganadora del premio a Mejor Director en el Festival de Valladolid y del Premio del Público en San Pablo, Una pastelería en Tokyo es, muy probablemente, su película menos compleja, pero no por eso menos valiosa. Porque en manos de otro director, esta muy sensible, extremadamente conmovedora y bellísima historia sobre el encuentro de dos almas que se solidarizan para hacer frente a la adversidad seguramente habría sido sentimentaloide y cursi, una especie de lección de vida a lo Hollywood. Claramente, con Kawase detrás de la cámara es imposible que eso suceda. Aquí la mirada es profunda, poética y realista al mismo tiempo.

 

Sentaro (Masatohsi Nagase) es un apesumbrado vendedor de dorayakis (panqueques con dos masas rellenas de pasta de poroto) que trabaja en una especie de mini pastelería en un parque. Pero solo no puede con todo y por eso pone un aviso para contratar un asistente. Así aparece Tokue (Kirin Kiki), una entusiasta y amable señora de setenta y seis años, muy interesada en trabajar. Pero, inicialmente, Sentaro no la emplea porque considera que puede ser demasiado trabajo para una mujer tan grande.  

 

Sin embargo, cuando prueba la pasta de porotos de Tokue, el solitario vendedor decide contratarla porque su sabor y textura son muy superiores a los de la pasta industrial que él utiliza. Feliz, la anciana le revela su secreto: el amor y la entrega hacen la diferencia. Como es de esperar, la nueva pasta de poroto resulta ser todo un éxito: hay clientes por doquier y todos recomiendan los dorayakis. Mejor, imposible. Hasta que alguien descubre algo que Tokue esconde: un secreto relacionado con una enfermedad infecciosa que la ha estigmatizado de por vida.

Es mejor no saber mucho más de la trama de Una pastelería en Tokyo. Porque si bien no es absolutamente sorpresiva (de hecho, llegando ya al final, hay un par de escenas un tanto previsibles), sí tiene no pocas instancias que no son de manual. Lo que a Kawase le interesa no es nada del otro mundo, pero eso no le quita su profunda vigencia: la posibilidad, real y concreta, de quebrar silencios para poder conectar con otros que compartan huellas de lágrimas. Así, quizás, se pueden cerrar heridas que parecen no cicatrizar nunca.

 

No todos los personajes aquí sufren por lo mismo, pero todos sufren del mismo modo: entierran lo más doloroso, como si no mostrarlo lo pudiera hacer desaparecer. La historia de Tokue no es solamente personal, sino también tiene una dimensión social y política con raíces en un pasado fatídico. Hablar de Tokue es hablar de muchos otros, tanto de los que sufrieron y sufren como ella como de los que los dejaron a un lado por miedo y rechazo. Porque, ya se sabe, el modo en el que una enfermedad es vista y tratada nunca es solamente una cuestión médica. Socialmente, los síntomas adquieren otros significados, generalmente muy poco felices. Un estigma aparece de la noche a la mañana y puede tardar años en desaparecer. O no desaparecer nunca.

 

Por otra parte, Sentaro tiene el alma enferma. Su historia es menos trágica, pero no por eso las consecuencias son menos agobiantes. Incluso su situación es más desoladora porque él ya perdió toda esperanza. O casi toda. Sin embargo, aún siendo realista, aún sin caer en resoluciones facilistas, Kawase apuesta a intentar llegar al paraíso una vez más. A tener fe. Después se verá qué se puede hacer con lo que se aprenda en el recorrido.

 

A Tokue y Sentaro se les suma Wakana (Kyara Uchida), una estudiante de la escuela secundaria que ya no quiere vivir en una familia sin amor y sin felicidad. Por eso la abandona y, acompañada por su canario, busca nuevos afectos. Kawase confía en que nuevas y viejas generaciones pueden asistirse mutuamente para salir de la parálisis. Si Una pastelería en Tokyo fuese una película hollywoodense, todos seguirían el camino de ladrillos amarillos hasta terminar viviendo detrás del arco iris. Aquí hay cerezos en flor en vez de arco iris, pero los cerezos en flor no viven para siempre, aunque su belleza perdure en el aire.

Una pastelería en Tokyo (Sweet Bean) (Japón, Francia, Alemania, 2015) Puntaje: 8

Dirigida por Naomi Kawase. Escrita por Naomi Kawase, basada en una novela de Durian Sukegawa. Con Kirin Kiki, Masatoshi Nagase, Kyara Uchida, Etsuko Ichihara, Miyoko Asada, Miki Mizuno, Saki Takahashi. Fotografía: Shigeki Akiyama. Música: David Hadjadj. Montaje Tina Baz. Sonido: Roman Dymny. Duración: 113 minutos

 

 

 

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