Años luz, de Manuel Abramovich

12/8/2018

"Hay algo aparentemente invisible en las películas de Lucrecia Martel, como una vibración que trasciende al mismo film. La propuesta de filmar un retrato documental de Lucrecia durante su proceso creativo en ZAMA partió de la curiosidad por develar algo de ese misterio, como en un truco de magia”, dice Manuel Abramovich (Solar, Soldado) acerca de su nuevo documental, Años luz. Nada mejor que usar la palabra retrato, y no "making of”, porque Abramovich opta por un abordaje que elude las convenciones típicas a la hora de registrar la filmación de una película.

 

Incluso se podría decir que Zama, en sí misma, casi no le interesa. No se trata de mostrar cómo se filmaron escenas claves, o cómo fue la gran logística de la película, y mucho menos entrevistar a la directora entre tomas. Como en Soldado, Abramovich trabaja dentro del molde del documental de observación, donde la figura del documentalista se hace invisible y su cámara, en cambio, registra el escenario sin intervenir en lo más mínimo. Años luz también es un documental de creación porque pugna por una representación original, personal pero no ostentosa, de todo eso que se observa. Y si algo hace bien este documentalista, eso es observar.

 

Pero no observar el rodaje. Porque durante gran parte de la película, la filmación de Zama está en fuera de campo. Hay, en cambio, primeros planos y primerísimos primeros planos de Martel observando y dirigiendo la filmación, reflexionando sobre cada detalle con una precisión envidiable, siempre con un muy oportuno sentido del humor. Se sabe que la directora de La ciénaga es muy minuciosa, que no deja nada al azar, que toda decisión tiene que tener una razón de ser. Y este documental lo corrobora, pero también muestra que un aire de distensión y afabilidad se respira en el rodaje, algo que no debe ser fácil de lograr considerando la complejidad de sus películas

 

A medida que progresa el metraje, los primeros planos y primerísimos primeros planos son cada vez menos, y planos medios y algunos generales dan una perspectiva más global, pero no por eso menos intimista. La cercanía que se establece al comenzar el documental se mantiene hasta el final, independientemente de la distancia que separa la cámara de la escena.  Como en Soldado, Abramovich registra, sin editorializar, tanto el detalle singular como el marco general en el que está inserto. Así, de las relaciones entre estos dos niveles, se construyen sentidos sin recurrir a la palabra que todo lo explica, a la voz en off que informa, o al testimonio que esclarece. 

 

Lo que quizás le falta a Años luz es una estructura narrativa que apele a un ligero in crescendo, al menos de tanto en tanto. Queda claro que el director elige otro camino, uno más descriptivo, pero eso puede, a veces, ser demasiado lánguido. También, tomando en cuenta que el material es tan rico, se podría esperar una mirada más profunda que revelara más matices. Es aquí donde algunos documentales de observación encuentran sus límites. Porque, en ocasiones, arañan la superficie, aunque sea con mucho estilo. 

 

Pero, aún con desaciertos, Años luz es digno de verse por más de una razón, y el cuidado formal característico de los documentales de Abramovich lo hace más valioso. Incluso uno se queda con ganas de ver más, algo así como una segunda parte que dialogue con esta primera aproximación.  

Años luz (Argentina, 2017) Puntaje: 7

 

Escrita y dirigida por Manuel Abramovich. Con Lucrecia Martel, Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas. Fotografía: Manuel Abramovich. Montaje: Iara Rodríguez Vilardebó. Sonido: Sofía Straface. Duración: 70 minutos.

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