Los hambrientos, de Robin Aubert

4/8/2018

“Cuando te levantás y lo primero que hay que hacer es matar a alguien, te das cuenta de que el mundo cambió por completo”, dice, con serena angustia, una mujer de un pequeño grupo de personas que recorre los bosques en las afueras de Quebec mientras intenta sobrevivir al apocalipsis zombie. Sim duda, se trata de sobrevivir, pero casi obligado por el instinto porque no quedan ganas de vivir, no hay ningún lugar a dónde ir y cualquier tipo de esperanza ya se perdió hace rato. Es que el panorama es tal como lo pinta otra mujer del grupo: “Todavía estás haciendo el duelo por la muerte de un ser querido y enseguida perdés a otra persona”.

 

Los hambrientos, escrita y dirigida por Robin Aubert, ganó el premio a Mejor Película Canadiense en el Festival de Toronto, así como muchos otros galardones. Se sabe que los premios no son garantía de nada, pero en el caso de Los hambrientos sí le hacen justicia a los no pocos méritos de una película que aborda el tan transitado subgénero de los zombies con cierta originalidad, una sensibilidad muy inusual y una estética estilizada pero no afectada. 

 

Porque esta vez el punto no es sobrevivir a toda costa, no es matar la mayor cantidad de zombies posible. En cambio, lo que le interesa a Aubert es el dolor de los que siguen vivos, la tristeza de ver la muerte a cada paso, la resignación ante el advenimiento del final. El registro es el del drama, de tono seco y nunca ampuloso, silencioso pero elocuente. Sobre todo, contemplativo. Porque sin ser una profunda exploración existencial, Los hambrientos sí tiene una mirada introspectiva y de una honestidad brutal. Es que se mire como se lo mire, este mundo ya está muerto en vida.

El escenario sí es típico. No se sabe por qué, pero el mundo está infestado de zombies veloces y hambrientos, de origen desconocido y que gritan antes de atacar a sus presas. Hasta tiene algo que se les parece a la inteligencia y son capaces de emboscar a sus presas. Se los mata con un tiro en la cabeza o cortándolos en pedazos – como siempre. A diferencia de otros zombies, estos parecen que pueden organizarse de una manera relativamente social. Incluso tienen unos tótems, monumentos que construyen con objetos varios, con una predilección por las sillas. Estos tótems se extienden hacia el cielo y los zombies, parados a su alrededor y mirando hacia bien arriba, se unen alrededor, en silencio, en un ritual incomprensible.

 

Las muertes, que no son pocas, a veces son violentas y sangrientas, otras veces ocurren en cuestión de segundos y de espectacular no tienen nada. Pero nunca se sabe cómo van a ser. El fuera de campo, siempre amenazador, se actualiza de improviso y los bosques verdes y tranquilos pasan a estar atravesados por hordas de devoradores de carne. Porque entre los tantos méritos de una refinada fotografía, el contraste entre lo bucólico y lo salvaje es uno de los más impactantes. Si uno no sabe que hay zombies alrededor, pensaría que está recorriendo los campos verdes de una bella zona rural, como si estuviera de vacaciones. 

 

Hay gore y no poco. Pero está dosificado. Hay escenas en las que apenas aparece la sangre y las mordidas no son particularmente horrendas. Pero  también hay otras en las que el color rojo tiñe todo el cuadro. Y los cuerpos quedan irreconocibles. Por otra parte, y aunque a primera vista pueda parecer fuera de lugar, también hay un marcado sentido del humor, casi siempre negro y asordinado. Pero es un humor que no le quita todo lo espeluznante que el drama tiene. No aliviana nada, solo hace que todo sea más creíble.

 

Más dentro de los parámetros del cine de arte que del cine mainstream, Los hambrientos es una película contemplativa, desgarrada, una elegía sobre el fin de la humanidad. Sin que se note, es conmovedora. Lo que pasa es que el dolor va por dentro.

Los hambrientos (Les affamés, 2017) Puntaje: 8

 

Escrita y dirigida por Robin Aubert. Con Marc-André Grondin, Monia Bokri, Micheline Lanctot, Brigitte Poupart, Charlotte St-Martin. Fotografía: Steeve Desrpsiers. Montaje: Robin Aubert, Francis Coultier. Música: Pierre-Philippe Cote. Duración: 96 minutos.  

 

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