Casa propia, de Rosendo Ruiz

3/8/2018

 

“La casa propia, el refugio personal, la guarida en donde somos nuestro propio amo, el lugar que nos cobija en las tempestades y nos prepara para las batallas, la idea de ese espacio físico y simbólico es el punto de partida para la construcción de la película”, dice Rosendo Ruiz (De caravana, 3 D, Todo el tiempo del mundo), el director de Casa propia que, al igual que De caravana, transcurre en la ciudad de Córdoba, anclada en un convincente realismo y sin caer en los lugares comunes – el acento, los chistes típicos, los localismos - a la hora de representar a los cordobeses.  Lo que siempre es bienvenido.

 

La historia de Casa propia es, esencialmente, la historia de Alejandro (Gustavo Almada), un profesor de un colegio secundario de unos 40 años que no está pasando por el mejor de los momentos. Tiene una relación bastante inestable con su novia (Maura Sajeva) y poca conexión con el hijo que ella tiene de un matrimonio anterior. Es una de esas relaciones donde el desgaste y la insatisfacción se hacen visibles a cada rato, y aunque el sexo, a veces, puede ser liberador, con eso no alcanza.

 

Para peor, la mamá de Alejandro (Irene Gonnet) tiene cáncer, no le está yendo nada bien con el tratamiento, y tampoco tiene la contención y asistencia que necesita – Alejandro hace lo que puede y su hermana, con la que también se lleva mal, no es gran ayuda. Y al no tener un lugar para vivir porque haberse peleado con su novia, Alejandro tiene que volver a la casa de mamá. A vivir como un chico cuando se supone que es un adulto. Por eso mismo está buscando una casa propia, un departamento que pueda solventar con su casi insignificante sueldo de docente. Como es de esperar, eso tampoco es fácil – más bien, todo lo contrario.

 

Lo mejor de Casa propia es el cuidado con el que construye su tono, que está atravesado por la tristeza, angustia y soledad de Alejandro. Son los silencios los que narran, pero también las discusiones y peleas, sumados a los primeros planos de rostros desesperanzados. Realista y desprovisto de ornamentos, el relato fluye y se hace carne en la sensibilidad del espectador. Sin entrar nunca ni en el melodrama ni en el drama existencial, Casa propia se presenta como una crónica de un encierro, con una posible liberación que quizás sea, solamente, una ilusión. O no.

 

Lo que no funciona tan bien es la progresión dramática y el modo de enunciar los conflictos. Porque ésta es una narrativa relativamente predecible, sin giros que posiblemente podrían sorprender al espectador que asiste como testigo al derrotero de Alejandro. Por otra parte, los temas que la película explora están muy en primer plano, muy a la vista, casi explicados. Por eso, voluntariamente o no, la historia no deja mucho margen para matices o sutilezas. 

 

Claro que eso no quita que haya un puñado de escenas aisladas que sí transmiten un realismo creíble, que sí tienen cierto impacto emocional, que no son olvidables. Aparte, que el tono sea tan cohesivo, desde los primeros minutos hasta el mismo final,  hace que Casa propia sea una película que descanse mucho más en transmitir estados de ánimo que en examinar los detalles de sus problemáticas. Ayuda, también, que las interpretaciones de todo el elenco estén tan afinadas y se sientan tan cercanas.

Casa propia (Argentina, 2018) Puntaje: 6

 

Escrita y dirigida por Rosendo Ruiz. Con Gustavo Almada, Irene Gonnet, Maura Sajeva, Mauro Alegret, Yohana Pereyra, Eugenia Leyes Humbert. Fotografía: Pablo González Galetto. Sonido: Atilio Sánchez. Montaje: Rosendo Ruiz, Ramiro Sonzini. Música: 440 Producciones. Duración: 83 minutos.

 

 

 

 

 

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