La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky

1/6/2018

En enero de 2014 el compositor alemán de vanguardia Helmut Lachenmann vino a Buenos Aires, al Teatro Colón, a montar una versión operística de La vendedora de fósforos, el clásico cuento de Hans Christian Andersen. A la vez, al cineasta argentino Alejo Moguillansky (El loro y el cisne, El escarabajo de oro) le fue asignada la tarea de realizar un documental sobre el montaje de la ópera. Pasó el tiempo y Moguillansky, no satisfecho con simplemente registrar el proceso creativo, construyó una ficción que integra personajes interpretados por actores, y así aparecen María Villar como Marie, Walter Jakob como Valter, padre y madre de Cleo,  interpretada por Cleo Moguillansky.  Por otra parte, otros dos personajes están interpretados por personas que hacen de sí mismas: el compositor alemán y la reconocida pianista y docente Margarita Fernández.

 

¿Y de qué se trata La vendedora de fósforos, la película? A grandes rasgos, hay tres pequeñas historias sin muchos incidentes. Por un lado, está la historia de los intentos de Valter como régisseur en su afán de darle una mirada creativa a la ópera – que incluye ensayos, charlas, pruebas varias, y la presencia secreta de Marie como inspiradora de esta nueva versión. Esta parte de la película está bien desarrollada, tiene algo de originalidad y es moderadamente ocurrente, de tanto en panto, más que nada cuando aparece Marie.

 

Después, está la historia de las dificultades cotidianas como pareja de Marie y Valter, incluyendo sus problemas económicos y falta de coordinación, por así decirlo, en el cuidado de su hijita. Esta zona del relato es más consistente, tiene sustancia, y hasta seduce con su tono liviano. De hecho, la liviandad se extiende a toda a la película, y funciona mejor o peor según el caso. Finalmente, está la historia acerca de la hija de la pareja y su transformación simbólica en la misma vendedora de fósforos, que aunque no descolla en ningún momento, sí tiene algunos hallazgos inesperados. Lo que es más importante es que estas tres historias, o tres partes de una historia mayor, tienen un tono cohesivo y una narrativa muy bien organizada.

 

Y hay más. Hay emotiva y refinada música clásica, hay discusiones sobre música de vanguardia y la burguesía que la escucha, hay una carta escrita a un amor perdido muchos años atrás, y hay referencias al Ejército Rojo alemán en los ‘70s y a la Alemania de esa misma época. Estas referencias pueden ligarse, indirectamente, con la situación política de Argentina hoy en día, a la que se alude con una bien usada voz en off. Hay un homenaje a Al azar Baltazar, de Robert Bresson, que incluye una ficcionalización, hay paros de transporte y huelgas de los músicos, y unas cuantas cosas más.  

 

Claro que es un exceso. Pero es deliberado. Y si de hilvanar todos esos temas y historias se trata, ahí no hay problema: el todo es orgánico y las costuras están bien hechas. Pero el problema de La vendedora de fósforos, que aplica al resto de las películas de Moguillansky, está en otro lugar. La pregunta que hay que hacerse es hasta qué punto sus juegos de estilo, algunos sofisticados mientras que otros no tanto, tienen la suficiente sustancia y el pathos necesarios para ser, justamente, algo más que juegos de estilo. Porque el espíritu lúdico y la liviandad de La vendedora de fósforos son un arma de doble filo. Son interesantes como modos del narrar, pero lo que se está narrando es, muchas veces, superficial. Es que ésta es una película inteligente (incluso cool, y eso resta) e intenta (voluntariamente o no) hacer pasar al estilo como esencia. Y eso es imposible, en esta o en cualquier película.

 

Porque los cruces de géneros, las referencias literarias y musicales, los chistes internos, el zigzag entre ideas, los diálogos tan bien escritos, y la exhibición casi continua del artificio deberían ser elementos de una estética al servicio de contenidos igualmente provocadores. Y acá ése no es el caso.   

La vendedora de fósforos (Argentina, 2017). Puntaje: 6

 

Escrita y dirigida por Alejo Moguillansky. Con María Villar, Walter Jakob, Helmut Lachenmann, Margarita Fernández, Cleo Moguillansky. Fotografía: Inés Duacastella. Música: Helmut Lachenmann. Montaje: Alejo Moguillansky, Walter Jakob. Sonido: Marcos Canosa. Duración: 71 minutos.

 

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