Verano 1993, de Carla Simón

29/4/2018

Las primeras imágenes de Verano 1993, la ópera prima de la catalana Carla Simón, me hicieron acordar a Ponette (1996), esa sensible película del francés Jacques Doillon que narra la historia de una niña de 4 años que intenta sobreponerse a la muerte inesperada de su madre. Claro que en primer lugar tiene que aceptar que, efectivamente, su madre ha muerto. En cambio, Frida (Laia Artigas) sí acepta que su mamá murió, lo que no significa que pueda procesarlo. Y aunque no se note muy bien qué piensa o qué siente – o sí, depende del momento – es evidente que el duelo recién comienza.

 

Ganadora de numerosos e importantes premios en los festivales de Berlín, BAFICI, Estambul, Londres, y Málaga, como así también de 3 premios Goya, Verano 1993 no es solamente la historia íntima de una niña y su duelo, sino también una película autobiográfica. Porque los padres de Carla Simón fallecieron de SIDA cuando ella era una niña y, entonces, ella fue enviada a vivir con su tío y su familia en un pueblo de la campiña española. El año era 1993, por eso es lógico que la palabra SIDA no se pronuncie en toda la película y, en cambio, solo se hable, eventualmente, de “un virus”. Y eso recién ocurre muy al final de la película cuando Frida se anime a preguntar de qué murió su mamá.

 

Antes, tiene que adaptarse a una nueva vida en casa del hermano de su mamá, Esteve (David Verdaguer), su esposa, Marga (Bruna Cusi), y su hija de 3 años, Anna (Paula Robles). En este nuevo territorio,  Frida tiene de todo: espejos de agua, pollos en cautiverio, espacios abiertos, bosques, y los amplios interiores de una casa ajena. Todo es muy lindo, se ve muy bucólico, aunque esto a Frida, ahora, le resulta indiferente. Tampoco es que se queda paralizada en un rincón sumida en lágrimas o gritando porque el dolor la destroza. No son los recursos del melodrama los que aquí se ponen en juego, sino los del drama intimista. Es el registro de la sutileza.

Es decir, el mismo registro de Doillon en Ponette. En ambas películas, también, hay una sensación de autenticidad y cercanía muy verosímiles, con una cámara que no le pierde el rastro a sus protagonistas y que está siempre atenta para capturar el menor de los gestos, la mirada más escondida, la expresión que todo lo revela. Considerando el aspecto autobiográfico, Verano 1993 podría haber sido autoindulgente hasta el hartazgo. Es lo que hubiera hecho un realizador mediocre. Pero, en cambio, la talentosa Carla Simón sabe mantener distancia para con su propia experiencia. Sus recuerdos, que son el presente de Frida, son dolorosos por naturaleza, pero nunca son desbordantes.

 

Con otros actores, Verano 1993 hubiese sido una buena película, pero no una película tan entrañable. La estrella es, sin duda, la niña Laia Artigas, una actriz muy natural y extramadamente convincente. Su presencia en escena es tan creíble que, en ocasiones, da la sensación de que todo se tratase de un documental. Apenas hay diálogo, solo el justo y necesario, muy de vez en cuando. Es que tampoco es muy necesario en el caso de las niñas. Paula Robles, como su hermana postiza, es encantadora ni bien se la ve. Y a medida que transcurre el relato empieza a darle cuerpo a un personaje que es clave para la adaptación de Frida a su nueva vida. O para la dificultad en adaptarse. David Verdaguer y Bruna Cusi son una pareja con mucho amor, dedicación incondicional,  y no poca frustración a la hora de adoptar a Frida. Porque Verano 1993 no solo se trata de procesar el duelo, sino también de la posibilidad de formar una nueva familia. En ambos sentidos, una cosa lleva a la otra.

 

Y a diferencia de muchas otras películas que intentan hacer este tipo de retratos y fallan, esta valiosa ópera prima no se contenta con el mero registro de lo que pasa, con solamente ser testigo de un estado de situación y de todos sus matices. Sino que también se preocupa por involucrar al espectador en una narrativa que, sobre todo en su último tercio, tiene algunos pequeños giros que añaden tensión dramática y nuevas vueltas al conflicto. Aunque hecha desde la austeridad, Verano 1993 no tiene nada del minimalismo seco que solo observa sin decir una palabra. Ésta es una película que habla. Y muy bien.

Verano 1993 (Estiu 1993, España, 2017). Puntaje: 8

 

Dirigida por Carla Simón. Escrita por Carla Simón, Valentina Viso. Con Laia Artigas, Bruna Cusí, David Verdaguer, María Paula Robles. Fotografía: Santiago Racaj. Música: Pau Boïgues, Ernest Pipó. Montaje: Didac Palou, Ana Pfaff. Duración: 97 minutos.

 

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