Adiós entusiasmo, de Vladimir Durán

21/3/2018

Adiós entusiasmo, la ópera prima del colombiano Vladimir Durán, tuvo su estreno mundial en la sección Forum del Festival de Berlín, ganó el premio a Mejor Película de la Sección Vanguardia y Género del BAFICI 2017, y ahora es exhibida como película de estreno de la temporada de la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín. Y con razón.

 

Porque, entre otras cosas, es una de esas pocas películas en las que ya la sinopsis en sí misma evidencia cuán atípica es. Pero lo mejor no es eso. Lo que la diferencia de tantos experimentos formales y/o ensayos fílmicos vacíos de contenido que se ven en festivales varios, es que Adiós entusiasmo sí construye un mundo creíble que tiene vida propia, propone una mirada aguda sobre ese mundo, e invita al espectador a una experiencia impredecible, muy intrigante y hasta un poco ominosa.

 

Axel (Camilo Castiglione) es un chico inteligente y sensible de unos 10 años que vive con sus tres hermanas veinteañeras, Antonia (Mariel Fernández), Alejandra (Martina Juncadella) y Alicia (Lalita Maltz) en un amplio y antiguo departamento en Monserrat. Por decisión propia, su madre Margarita (la inconfundible y magnética voz de Rosario Bléfari) está encerrada en su propio cuarto como parte de algún tipo de tratamiento para algo que nunca se explica. A su pedido, Axel y sus hermanas son como guardia-cárceles que cumplen con una estudiada y agotadora rutina a fines de mantener una tensa convivencia, siempre paredes de por medio. También los visita (y participa de todo) una tía (Verónica Llinás, perfecta como siempre) y algunos amigos de larga data porque resulta que Margarita decidió festejar su cumpleaños 3 días antes. Porque sí.

Pero esto va a ser así solamente hasta que Margarita, también por motivos que se desconocen, decide cambiar las reglas del juego. Claro que cambiarlas no estaba previsto, así que puede ser mucho pedir. O no. En esta casa nunca se sabe.

 

Ese nunca saber, lo indescifrable de todo lo que pasa, podría haber sido un gran fiasco. Porque un director sin visión lo hubiera utilizado simplemente como un dispositivo atractivo en su superficie (madre encerrada, familiares y amigos circulando por el departamento, veamos qué pasa y ya está) y hubiera jugado con la forma fílmica por la forma fílmica en sí misma, probablemente sin decir nada sobre nada. Y aunque no se sepa con precisión qué estaría diciendo Durán sobre su universo, lo que sí se sabe es que todo lo que se ve y se oye, por absurdo, distanciado o enrarecido que sea, es verosímil. Que pasa por algo y que aunque no tengamos la más mínima idea de por qué, seguramente tiene su lógica. Es todo tan convincente que, aunque parezca mentira, es imposible no sentir cercano a ese mundo tan deformado.

 

O deformado a medias, tal vez. Porque acá todos hacen de cuenta que lo extraño, lo disfuncional,  lo fuera de la norma es algo común y corriente que no llama la atención y que está bien que así sea.  Sigamos así como estamos que, aunque no estemos bien, al menos estamos. Que es lo que pasa todo el tiempo en muchas familias comunes y corrientes en sus vidas cotidianas, sin necesidad de encerrarse o encerrar a nadie. Incluso sin violencia, pero con algunas tormentas. Y siempre puertas para adentro.

Durán deja que sus personajes interactúen, que discutan, se rían, griten y hablen en voz baja, por separado, todos a la vez, como se vaya dando. Y propone observarlos, intentar conocerlos a través de lo poco que sabemos, enterarnos de qué les pasa y qué les pasó antes también. Por algo los vínculos son como son. El truco consiste en mirar de cerca, reflexionar, espejarse en esa familia y dejarse acompañar por todos en sus idas y vueltas. Es que al entrar en este mundo, también se entra en el familiar propio. 

 

Por eso tiene sentido que Durán filme de un modo también atípico. En formato panorámico, alternando entre planos relativamente estáticos y una nerviosa cámara en mano, en planos medios o primeros planos bien cerrados, sesgando el espacio en fragmentos a los que les cuesta juntarse, todo se sucede a un ritmo impredecible o va muy lento. Sabiamente, no hay música incidental, el sonido es realista, y la iluminación no afea ni embellece sino que muestra las cosas como son. La mención especial se la lleva el uso del fuera de campo sonoro con la voz omnipresente de Margarita, a quien nunca vemos en toda la película. Ni filmada estaría tan presente.   

 

A la vez, todos estos logros no significan que Adiós entusiasmo sea una película perfecta. No habita ese territorio. Podría haber tenido más tensión y menos languidez en los tramos iniciales del relato. A veces, voluntariamente o no, es un poco autoindulgente con su estética (ya de por sí llamativa).  Y no todas las escenas logran tener el peso dramático que buscan. Pero, lo que sí funciona no pasa desapercibido. Porque todo ese mundo, con su carga de fantasías de claustrofobia y pérdidas, pero también con su sentido del absurdo y su afectividad, tarde o temprano se hace real, profundo, y hasta un poco querible. De una forma rara.

Adiós entusiasmo (Argentina, Colombia, 2017) Puntaje: 8

 

Dirigida por Vladimir Durán. Escrita por Vladimir Durán y Sacha Amaral. Con Mariel Fernández, Laila Maltz, Martina Juncadella, Camila Castiglione, Verónica Llinás, Rosario Bléfari. Fotografía: Julián Ledesma. Duración: 79 minutos

 

 

  

  

 

 

 

 

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