Los inquilinos, de Brian O’Malley.

20/3/2018

El lugar es la Irlanda rural y el año es 1920. Los mellizos adolescentes Rachel (Charlotte Vega) y Edward (Bill Milner) viven una vida bastante extraña y oscura en su vieja mansión familiar. Porque todas las noches la casa se convierte en el dominio de amenazantes presencias siniestras. Son “los inquilinos”, entidades que obligan a los mellizos a cumplir con tres reglas: estar en la cama antes de la medianoche; no dejar que ningún extraño entre en la casa; y si uno de los dos intenta escapar, la vida del  otro va a correr peligro. Por eso los mellizos siempre obedecen. O casi siempre.

 

Porque cuando el joven Sean (Eugene Simon) vuelve de la guerra, de inmediato se siente muy atraído por la misteriosa Rachel, y sin saber en qué se está metiendo empieza a visitarla. Por su parte, Rachel ya no tolera más obedecer las reglas de los inquilinos y no duda en dejarlas de lado. Por eso no debería sorprender que la maldición que pesa sobre los mellizos ahora entre en su máximo esplendor. Porque con los espíritus no se juega, eso ya se sabe.

 

Los inquilinos es un cuento gótico de terror y como tal es, en principio, atractivo. Tenemos una escalofriante vieja casa abandonada, la historia de una sórdida maldición que se perpetúa de generación en generación, ominosos fantasmas que vigilan y castigan, una sexualidad cargada de culpa y pecado, y el deseo como fuente de vida pero también de muerte.

 

En un acertado registro naturalista, el realizador Brian O’Malley (Let Us Prey) construye una película visualmente suntuosa, con un acabado diseño de producción, expresivas composiciones fotográficas y una elegante puesta en escena. Formalmente, lo que no funciona del todo bien es la musicalización, que está innecesariamente subrayada. Pero el resto es impecable. Y tanto grosso modo como en sus particularidades, la historia es potencialmente interesante.

 

El problema, ineludible, está en el desarrollo del relato. Porque Los inquilinos es una película que no involucra al espectador en el drama de sus personajes, se mantiene distante y no crea climas envolventes (a pesar de estar tan bien filmada), está mayormente explicada a través de diálogos que de naturales no tienen nada, y por más que lo intente no genera ni tensión ni suspenso. Mucho menos terror.

 

Es muy claro y legítimo que no se busque que el espectador se muera de miedo. Que la idea es que el misterio y lo siniestro pase por un lado más sutil, más elaborado. Entonces, con más razón debería perturbar, incomodar, crear algo de malestar de un modo mantenido. O mejor aún, in crescendo. Debería ser una película en la que lo que les pasa a los personajes tenga una fuerte resonancia porque, al fin y al cabo, y como Los otros, de Amenábar, (con la cual tiene más de un punto en común y eso no le juega a favor) Los inquilinos es una película esencialmente de personajes.

 

Pero aquí los personajes están apenas bosquejados y sirven, más que nada, para enunciar las ideas de la película. No ayudan las interpretaciones mediocres con un aire solemne que intenta ser sombrío. Porque  no hay nada realmente sombrío, todo está muy ensayado y muy actuado como para estar vivo de verdad. Es emoción lo que falta. Justamente lo que no puede faltar en una película de terror.  

 

Los inquilinos (The Lodgers, Irlanda, 2017) Puntaje: 5 

 

 

Dirigida por Brian O’Malley. Escrita por David Turpin. Con Charlotte Vega, Bill Milner, Eugene Simon, David Bradley, Moe Dunford, Roisin Murphy, Emmet Kelly, Tara Doyle.  Música: Kevin Murphy. Fotografía: Richard Kendrick. Duración: 92 min.

 

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