La forma del agua, de Guillermo Del Toro

5/3/2018

No es ninguna novedad que La forma del agua es, desafortunadamente, la gran favorita de los Oscars. Tiene 13 nonimaciones, nada más y nada menos, mientras que Tres anuncios para un crimen va con 7 nominaciones y El hilo fantasma tiene 6. Y ambas son infinitamente superiores, en todo sentido, a la refulgente mediocridad que astutamente pergeñó Guillermo Del Toro. Y eso que Del Toro es un director que supo hacer películas sobresalientes: El espinazo del diablo, Hellboy, o El laberinto del fauno son buenos ejemplos. O sus primeras películas, Cronos y Mimic, que también tenían no pocos méritos. Incluso su serie, The Strain, es un más que interesante nuevo aporte al mito de Drácula, a pesar de ser tan despareja. 

 

Pero parece que ahora llegó el momento de hacer una película para los Oscars, para un gran, gran, gran público, con temáticas con cierto compromiso político y social, con una mirada supuestamente humanista, con un “mensaje” o varios en defensa de los diferentes y oprimidos, con la apropiada manipulación emocional y el simplismo dramático que estas películas piden, y con una muy acabada factura técnica y estética que asegure que el envase se vea muy bien, que sea hermoso. En cuanto al contenido,  ése es otro tema. Con que parezca interesante, es suficiente. Curiosamente, esta vez Del Toro también se ganó el beneplácito de una buena parte de la crítica que, una vez más, resultó ser muy poco crítica.

 

La trama ya ha sido bastante divulgada y, de hecho, es bastante sencilla. Transcurre en los años 1960s en Baltimore y nuestra protagonista es Elisa (Sally Hawkins), una muda adorable, huérfana, presumiblemente virgen, que no tiene mucho contacto con el mundo, excepto por el vínculo que mantiene con un vecino al que cuida (Richard Jenkins), un hombre mayor gay, un artista que por ahora es dibujante, y que tampoco encuentra su lugar en el mundo. Ambos viven en departamentos que están justo arriba de un viejo cine al que ya no acude casi nadie, un lugar de ensueño para solitarios y nostálgicos como ella.

 

Elisa trabaja como empleada de limpieza en un laboratorio militar secreto con su amiga Zelda (Octavia Spencer), una mujer negra de buen carácter con un matrimonio poco feliz. En todo laboratorio del gobierno, y más en plena paranoia antisoviética, hay un gran malo y esta vez este malo malísimo es Strickland (Michael Shannon), un oficial cruel y desalmado que no duda en propiciar dolor a quien sea. En esta caso, el objeto de su ira resulta ser una criatura anfibia (que emula a El monstruo de la laguna negra, la genial película de Jack Arnold de 1954) interpretado por Doug Jones (Hellboy), y que Strickland capturó en un viaje a Sudamérica, tierra de monstruos si la hay. No se sabe bien para qué tienen cautivo al monstruo, pero por ahora lo observan y le pegan.

 

Así que no debe sorprender que Elisa, que es muda, diferente, y probablemente rechazada por el mundo (pero no por su amiga ni por su vecino, eso queda claro, ellos también son outsiders) se sienta atraída por el monstruo que es… mudo, diferente, y probablemente rechazado por el mundo. Ambos viven en silencio. Ambos están sumergidos en sí mismos. Entonces, pura y exclusivamente por necesidad y por el rechazo de los demás, surge milagrosamente una condescendiente historia de amor que se supone conmovedora. 

Porque que el registro que Del Toro eligió sea el cuento de hadas no lo exime de una lógica que respete a sus personajes. Por más cuento de hadas que sea, una historia de amor necesita personajes que se enamoren por algo. Por su belleza, su fealdad, sus cualidades, sus defectos, sus perversiones, sus virtudes, lo que fuere. Pero acá el guión nunca precisa qué le gusta a la muda de la criatura, qué ve de atractivo en él (aparte de que sí es atractivo visualmente), qué características la seducen, qué la excita (consideremos que de tan sola que está, Elisa se masturba todo el tiempo, así que libido hay).  No se indica nada de eso porque, sencillamente, lo único que la enamora a Elisa es que la criatura la acepta tal como ella es.  Algo así como: gracias por aceptarme, te amo. Alguien tendría que decirle a Elisa que eso no es amor.

 

De hecho, la misma criatura es un personaje completamente chato. Aparte de que entiende el lenguaje y que es sensible para la música y los sentimientos, no se sabe más nada de él. Absolutamente nada. No tiene rasgos propios, no tiene volumen, no le pasa nada. Solo existe para ser una criatura para ser capturada y ser objeto de metáforas varias acerca de la otredad. Por eso, cuando recién al final gana algo de protagonismo y pasa a ser un dios (una idea que podría haber sido interesante si se la trabajaba antes), da la sensación que recién entonces la criatura empezó a vivir. Y se termina la película.

 

Y no es solo un problema de verosimilitud lo que trastoca a La forma del agua. O que Elisa llega a ser insoportable de tan pobrecita que es. Mudita por un ataque que recibió de niña (que nunca se explica bien) y dueña de una gestualidad nerviosa y recatada, Elisa no pertenece necesariamente al terreno de los cuentos de hadas porque es la pobre princesita que espera su príncipe azul.

 

Más bien, Elisa es un personaje que pertenece al imaginario más burdo de un Hollywood muy rancio a la hora de representar a los diferentes, sean mudas, hombres gays mayores, mujeres negras gordas, o criaturas monstruosas. Se apela al esquematismo, a la falta de rasgos singulares, a universales que creen una empatía facilista y contraproducente. Es que hacer pasar a estereotipos por personajes de carne y hueso se nota y mucho. La diferencia con el malo de Shanon, que también es un estereotipo, es que su oscuridad sí es atractiva. Los otros son tan buenos que repelen.

 

Sí, también es verdad que no hay que tomarse tan en serio a la película, pero hay no pocas escenas con pomposas declaraciones de principios sobre el significado de ser humano, del ser mirado por otro, de ser amado y demás, y eso hace uno piense dos veces todo lo que está viendo. Porque parece que va en serio. Y ahí es cuando se empiezan a ver todas las oscuras, todo el cálculo, y se revela que detrás de las superficies esmeriladas de La forma del agua hay muy poca sustancia.  

 

Como punto a favor, todos los actores merecen sus nominaciones. Es solamente gracias a ellos que, por momentos, La forma del agua se hace entretenida y disfrutable. Y también es cierto que está muy, muy bien filmada, en particular la fotografía y el montaje. Si de crear mundos se trata, Del Toro creó un mundo y lo hizo impecablemente. La forma está muy bien, lo que es muy dudoso es el contenido.

La forma del agua (The Shape of Water, EEUU, 2017). Puntaje: 5.

 

Dirigida por Guillermo del Toro. Escrita por Guillermo del Todo, Vanessa Taylor. Con Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Octavia Spencer, Doug Jones, Michael Stuhlbarg. Fotografía: Dan Laustsen. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Sidney Wolinsky. Diseño de producción: Paul D. Austerberry. Duración: 123 minutos.

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