Llámame por tu nombre

27/2/2018

Aunque Llámame por tu nombre esté dirigida por el italiano Luca Guadagnino (de quien en Argentina solo se conoció El amante), su paternidad más profunda le corresponde al británico James Ivory, su guionista, un realizador muy bien conocido por estos lares, con más de 30 películas casi exclusivamente como director. Entre las más recordadas, están Un amor en Florencia, Maurice, El Sr. y la Sra. Bridge, La mansión Howard, Lo que queda del día y La hija de un soldado nunca llora, todas filmadas impecablemente, con refinada fotografía y un muy cuidado diseño visual y sonoro.

 

Pero lo que hace que sean películas de James Ivory no es necesariamente su perfección técnica y estética. O, al menos, no en primer lugar. Lo que importa de verdad, lo que se nota a primera vista, se percibe y se siente durante muchas de sus películas es el retrato sinuoso de cómo los sentimientos y emociones más profundas, esos que marcan los asuntos del corazón más movilizantes, muchas veces tardan en aparecer o lo hacen con disimulo o nunca aparecen del todo. Están, de eso no hay duda, pero no todos se quieren hacer cargo. No todos pueden, mejor dicho. Pero aún cuando la palabra deja lugar al silencio, cuando se sabe que de eso no se habla, aún así están los gestos, las miradas, las caricias, los roces. Porque el deseo, tarde o temprano, se tiene que hacer ver. Incluso si después se reprime otra vez. Ése ya es otro tema.

 

De todo eso y unas cuantas cosas más se trata Llámame por tu nombre. Adaptada de la novela de André Aciman y nominada a cuatro Oscars, a saber Mejor Película, Mejor Guión Adaptado, Mejor Actor para Timothée Chalamet, y Mejor Música, la historia se centra en el breve romance (pero no por eso menos trascendente) entre Elio Perlman (Timothée Chalamet), un adolescente italiano de 17 años en pleno despertar sexual, y Oliver (Armie Hammer), un estudiante universitario norteamericano de 24 años (aunque parece unos cuantos más, 32, por ejemplo, la edad real del actor). Elio vive con sus padres (Michael Stuhlbarg y Amira Casar) en una hermosa casa de campo en un pueblo del norte de Italia. Como todos los veranos, el padre de Elio, que es profesor de cultura greco-romana, ha invitado a uno de sus estudiantes a trabajar con él y pasar una temporada con su familia. Y así, sin agenda previa, se conocen Elio y Oliver. 

 

La historia de amor está mayormente narrada desde el punto de vista de Elio y transcurre a comienzos de los ‘80s y eso marca cierta retracción en los propios personajes – que se suma a la retracción propia de los personajes de Ivory – a la hora de consumar sus deseos, que sin embargo van aflorando con tanta lentitud como insistencia. Hay que escapar de la mirada de los otros para desinhibirse – aunque aquí la mirada cómplice de los padres nunca juzga – pero se sabe que es la mirada interna la que siempre pesa más. Por eso ayuda y mucho que todo se vaya dando en largas y cansinas tardes veraniegas, luminosas y con un pulso vital propio como para estimular tanto los sentidos como el corazón.

 

Y Guadagnino sabe muy bien cómo capturar estos climas con una cámara que nunca invade la escena pero que sí está bien presente. Entre los amantes hay cercanía pero también distancia, entre la cámara y los actores solo hay comunión. Son esos pequeños momentos que aparecen y se van enseguida los que hay que vivir ahora mismo, y de ahí la sensación de una urgencia disimulada en los movimientos, en los rictus, en los cuerpos. Una vez más, Guadagnino filma como si fuera Ivory, pero quizás más relajadamente. En un buen sentido, es igual de preciosista, pero es menos rígido a la hora de componer el cuadro, que siempre respira más y mejor. Como si filmara los sentimientos invisibles.       

 

Amor es lo que siente Elio por Oliver. Enamorado está Elio. Eso es seguro. Qué siente Oliver exactamente es algo más elusivo. Quizás ni él lo sabe muy bien del todo. Esta ambigüedad propia de muchos romances que recién comienzan es interesante de por sí y la trama sugiere algunas posibilidades acerca del sentido y el impacto de ese romance. Tanto para uno como para el otro. Pero no cierra nada en ningún sentido absoluto. No hay mirada a futuro sino solamente experiencia de un presente que, eventualmente, dejará huellas de lágrimas.

 

Lágrimas hay en el rostro de Elio (Timothée Chalamet está inmejorable) en el último plano de la película, lágrimas hay en un extraordinario y muy conmovedor diálogo entre padre e hijo al final de la película (Michael Stuhlbarg también está inmejorable), y lágrimas también habrá, seguramente, en los ojos del espectador que recuerde la inconfundible sensación de pérdida del paraíso tan querido.

 

Llámame por tu nombre (Call Me By Your Name, Italia, Francia, Brasil, EEUU, 2017) Puntaje: 8

 

Dirigida por Luca Guadagnino. Escrita por James Ivory, basada en la novela de André Aciman. Con Timothée Chalamet, Armie Hammer, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Montaje: Walter Fasano. Duración: 132 minutos.

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