El testamento, de Amichai Greenberg

7/2/2018

En el pueblo austríaco de Lendsdorf, durante la noche del 24 de marzo de 1945, más de 200 judíos que hacían trabajos forzados fueron asesinados y enterrados en una fosa común. Siempre se creyó que no hubo testigos de esta masacre y nunca se supo con exactitud dónde estaba ubicada la fosa común. Incluso el gobierno austríaco quiso hacer de cuenta que nunca ocurrió. Lo que equivale a negar una parte del Holocausto. Pero no hay negación que valga cuando es posible que la verdad salga a la luz.


Eso precisamente es lo que intenta hacer Yoel Halberstam (Ori Pfeffer), rabino ortodoxo e historiador del Instituto del Holocausto de Jerusalem, quien está realizando una meticulosa investigación. Él cree fervientemente que va a encontrar los documentos e incluso quizás testigos de la matanza. Lo que no se imaginó nunca es que durante el proceso iba a encontrar un documento secreto con un testimonio dado por su propia madre, quien adoptó una falsa identidad después de la guerra. Esta angustiante revelación hace que Yoel entre en una crisis existencial y se cuestione si entonces él es la persona que siempre creyó ser. Por otra parte, ¿qué va a pasar cuando confronte a su madre con la verdad?


El testamento, la segunda película del israelí Amichai Greenberg, está basada en hechos reales aunque tampoco es posible corroborarlos con certeza. De todos modos, lo que importa es el valor simbólico de este episodio, que representa a tantas matanzas ocurridas durante el Holocausto y nunca reconocidas.  Además, el tema de la identidad en sí mismo tiene una importancia universal y una resonancia afectiva con la que todos pueden compartir. Sobre todo, en un país como Argentina. 


Así, El testamento es una suerte de crónica histórica en forma de thriller y un drama intimista, ambos géneros entrelazados admirablemente como para que el paso de uno a otro sea imperceptible. De hecho, es un todo cuyas partes se resignifican continuamente, evita todo tipo de lugar común y cala hondo con contenida afectividad, justo cuando uno menos se lo espera. 

De la crónica histórica toma la exploración de un escenario poco desconocido y la mirada política sobre las repercusiones de ese pasado en un presente olvidadizo. Del thriller tiene el suspenso, las pistas que aparecen de a poco, el armado del rompecabezas y la resolución del misterio. Y del drama tiene una mirada autoreflexiva de perturbadora honestidad, un sentimiento de dolor que no se puede disimular y el tormento de enfrentar una mentira que puede cambiarlo todo para siempre. 


Y por supuesto, están los testimonios. Claro que son reconstrucciones, o en todo caso ficciones que representan testimonios verdaderos sobre el genocidio judío. Pero no hay golpe bajo ni dedo en la llaga. No hay ni un ápice de regodeo en el sufrimiento. Hay, en cambio, una verdad horrorosa que se hace palabra para mantener la memoria activa. Porque no se trata de agobiar al espectador, sino de hacerlo reflexionar y empatizar con la necesidad y el derecho a conocer la propia identidad. Y sí es importante generar tensión y dramatismo (aunque esté contenido) porque este camino no puede sino ser así de movilizante tanto para el protagonista como para el espectador.

 
Comprometida, inclaudicable y nunca reduccionista, El testamento es una película inteligente que logra abordar temas de una enorme importancia sin recurrir a grandes gestos y discursos ampulosos.

   
El testamento (The Testament, Austria, Israel, 2017) Puntaje: 7


Dirigida y escrita por Amichai Greenberg. Con Ori Pfeffer, Rivka Gur, Hagit Dasberg, Orna Rotenberg, Ori Yaniv. Fotografía: Moshe Mishali. Montaje: Gilad Inbar. Música: Walter W. Cikan, Marnix Veenenbos. Duración: 88 minutos.  

 

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