La familia chechena, de Martín Solá

7/11/2017

“¿Qué haría cualquier individuo, los futuros espectadores de estos films por ejemplo, si vivieran las situaciones que viven estas personas en Palestina, Chechenia y el Tíbet? Es decir, si los someten a hábitos, reglas, órdenes, a un autoritarismo que se ejerce continuamente desde el Estado sobre la población. Me di cuenta que la pregunta no es cómo resistir sino cómo procesar, transformar lo injusto, el sufrimiento”, dice el realizador argentino Martín Solá al referirse a su trilogía de documentales que se interroga acerca de cómo reaccionan pueblos diversos que viven en sus propias tierras pero sin soberanía.  


Solá comenzó su trilogía con Hamdan (2015), que se focalizaba en Hamdan, un viejo líder palestino de Al-Fatah que había estado encarcelado durante 15 años en una prisión israelí. La familia chechena es su segunda entrega y tiene por protagonista a  Abubakar, un hombre checheno de 46 años, a su mujer, sus nueves hijos y su madre. 


Para ser más exactos, La familia chechena hace mucho más hincapié en las Zirk, las danzas rituales que practican los musulmanes sufís chechenos de las que Abubakar participa, que en los cruentos testimonios de la guerra. Pero eso no quita que cuando Abubakar conversa con su madre aparezcan estremecedoras historias de la deportación en 1948, su llegada a Siberia, las muertes por inanición, o la situación actual de sus hijas ante el peligro de los secuestros. 


Las Zirk se practican con cientos de personas a la vez que repiten rítmicamente no solo movimientos del cuerpo sino también cánticos, como si fueran mantras, una y otra vez. Los participantes dan saltitos en el lugar e inclinan y levantan sus cabezas a medida que el tempo se acelera y todos parecen entrar en una especie de trance, o mejor dicho, en un estado de éxtasis. Para Abubakar estas danzas son como un exorcismo, una purga interna, una liberación del sufrimiento que su pueblo tolera desde hace tanto tiempo. Por eso mismo también es un acto de resistencia. 


Como Hamdan, La familia chechena también es un documental de observación, es decir un registro de la realidad del modo más objetivo posible sin intervención del realizador para organizar el relato – al menos para no organizarlo convencionalmente, es decir no hay voz en off, no hay personas que den testimonios, no hay explicaciones ni contextualizaciones. Lo que no quiere decir que sea un documental frío o distante, o que no proponga un modo singular de acercamiento a esa realidad que observa. 

Porque la segunda parte de la trilogía de Solá propone dar cuenta de las danzas Zirk, pero no tanto como observador sino más bien como participante – al menos, simbólica y perceptualmente hablando. Es decir, Solá no ubica su cámara a una distancia prudente como para tener un ángulo de visión que abarque el total de la danza y sus participantes para entonces poder observarlo todo desde ahí y sin involucrarse. Todo lo contrario.


Porque aquí la cámara se mete dentro de la danza, entre las personas, a veces acompañando los movimientos, otras veces en contrapunto. Por momentos está muy, muy cerca de los participantes, de sus manos, de sus brazos, de sus cabezas. En otras ocasiones se aleja un poco y capta el cuadro entero en planos más largos. Y capta también, siempre, el fluir del tiempo en muy largas escenas – muchas veces con planos fijos en tiempo real - que transmiten (hasta cierto punto) la sensación de estar, efectivamente, ahí, en ese lugar, con esas personas.   


Estéticamente, La familia chechena es seductora. Porque en esos acercamientos de la cámara mientras los cuerpos se agitan en movimientos las formas se desdibujan, los márgenes se difuminan y la realidad física y tangible se torna plásticamente surreal. El registro pasa a ser borroso, ya no importa la cosa en sí misma porque la esencia de esa cosa toma otras formas. De la misma manera, fotografiar la película entera con la luz disponible (no parece haber fuentes extras), tanto en interiores como en exteriores, y hacerlo de un modo tan delicado no es tarea fácil. Igual que Hamdan, a La familia chechena no le faltan valores formales.


Aunque también cabe preguntarse hasta qué punto estos valores formales y estos juegos estéticos permiten construir sentidos que vayan más allá de la forma. Porque parecería que la realidad que Solá registra tiene contenidos muy ricos, es decir más historias por escuchar y más para aprehender, que la película elige voluntariamente dejar de lado. Cada espectador, también, se preguntará si efectivamente siente que entró en el trance de la danza Zirk. O si el hecho que la escena se prolongue tantos minutos, de un modo tan deliberado y visible, hace que uno sea, irónicamente, expulsado de la danza. 


Porque evidenciar tanto lo que se está haciendo con la forma fílmica parecería, incluso, ir en contra de la voluntad observacional y la no intervención por parte del realizador. Es como si remarcase su presencia todo el tiempo. Hasta podría ocurrir que fuese más atractivo deleitarse con los logros de la fotografía que involucrarse con la familia chechena que le da origen a la película. 

 

 La familia chechena (Argentina, 2015). Puntaje: 6


Escrito y dirigido por Martín Solá. Fotografía: Gustavo Schiaffino. Montaje: Lorena Moriconi, Martín Solá. Sonido: Omar Mustafá, Jonathan Darch. Duración: 64 minutos Del jueves 2 al miércoles 8 de noviembre, a las 21.30, en La Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín. 
 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

March 29, 2020

February 25, 2020

February 22, 2020

Please reload

Please reload

Presentado también en

 ¿Te gusta lo que lees? Dona ahora y ayúdame a seguir elaborando noticias y análisis. 

© 2023 por "Lo Justo". Creado con Wix.com