El documental, en permanente transformación

16/10/2017

 

                          “Me gusta que la gente tome nota de la existencia de la cámara, es allí donde se revela la escritura”

                                                                                                                             

Stéphane Breton

 

 

Inagotable fuente de miradas, el documental sigue su marcha hacia nuevos horizontes. Y ningún espacio mejor que el DocBsAs para dar cuenta de esta gran caja de Pandora que año tras año nos enseña algo más, según quién lleve la cámara.

 

Desde Dziga Vértov (realizador de El hombre de la cámara -1929-, cuyo planteo fue filmar en ausencia de todo lo preconcebido, de los actores profesionales, de la intervención de la literatura o del arte dramatúrgico),  hemos asistido a todo tipo de gestas: los que quieren captar la espontaneidad y la vida de improviso, los adeptos al reportaje periodístico y los que se colocan en primera persona desafiando la objetividad y narrando su propia experiencia.

 

En este gran abanico, un espacio importante lo ocupa el documental etnográfico, que vino, en la 17 edición del Doc, de la mano de Stéphane Breton, antropólogo, etnólogo, fotógrafo y documentalista francés que va por los lugares más remotos del planeta priorizando el vínculo entre el que filma y el que es filmado consciente de que siempre hay otro al lado o delante de su cámara.

 

En la ficción, dice Breton, hay todo un dispositivo que precede a la realización, un detrás (un escritor, un texto, decisiones previas) y “se hace de cuenta que”; en el documental, en cambio, no se sabe que pasará más allá, lo que da lugar a la sorpresa.

 

Con esa concepción vertoviana a cuestas, y haciendo gala de su profesión de etnólogo, no sin el debido respeto a las enseñanzas de Claude Lévi-Strauss, investiga universos y entornos desconocidos en los que nunca antes había penetrado, haciendo un esfuerzo por empatizar con los hombres y mujeres de los territorios que recorre. Así, cara a cara con la situación de los habitantes y consciente de lo desagradable que puede resultar una cámara intrusiva, intenta generar confianza con el objetivo de que esta presencia no perturbe.

Y la apertura del festival tuvo en Les filles du feu (Las hijas del fuego), la última producción de este realizador, un ejemplo de su incesante pesquisa en el día a día de los kurdos que luchan en Siria contra el Estado Islámico, los turcos y el régimen de Bashar Al-Assad. “He visto más de 100 films sobre esta problemática, no quería que mi película fuera la 101 en decir que pasa con los kurdos, no era mi objetivo hablar de política”, sentenció al presentar su film. Sin recurrir a la entrevista (en la que se muestra menos porque se habla más) y trabajando sobre la idea de “cine directo”, el cineasta eludió abordar la violencia de los islamistas y se concentró en la cotidianeidad de este pueblo auto-convocado para la lucha.

 

Su cámara busca mostrar el tiempo y a estos ciudadanos que no se formaron para la guerra pero que un día decidieron defenderse y convertirse en combatientes, sin fanatismos y sin exaltaciones. Son voluntarios y se alistan de por vida, renuncian al amor y se entregan a la causa. En medio de una guerra tan cruel, una mujer es la jefa de esos escuadrones y con mucha autoridad y a la vez dulzura, lleva la voz de mando. La cámara la sigue y muestra aquello por lo que Breton se siente conmovido, porque “lo que sabemos de la guerra es un mito, dice, nadie puede filmarla, nadie saldría ileso si lo hiciera”.

 

Sin indagar en las razones políticas del conflicto, se pregunta porque esos seres humanos eligen esa vida sin confort, esos veranos calurosos y esos inviernos tan fríos, porque eligen dormir poco, contar apenas con pan, té, café y cigarrillos y, fundamentalmente, porque se arriesgan a morir en pocos minutos. Interesado en ese misterio, que puede ser desestabilizador, el observador/espectador tiene la tarea de completar con el sentimiento lo que no logra discernir con su entendimiento.

 

El cine documental, para el francés, es entonces una forma de expresión única donde se produce un doble efecto, una doble presencia, quién mira y quién es mirado.

 

Enemigo de lo exótico en primer plano, los cuadros que atrapa la cámara de Breton nada tienen que ver con las postales  turísticas sino todo lo contrario, son decorados incompletos que buscan llamar la atención del espectador y poner en marcha su imaginario. Porque él mismo recorre lugares donde poder impregnarse de nuevas costumbres, nuevos gestos, nuevas entonaciones, ya que “cuando se conoce demasiado, dejamos de mirar”, sostiene, en su afán, inquebrantable, de captar las profundidades de la existencia.

 

 

 

 

 

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