Los globos, de Mariano González

17/7/2017

 

“Los globos intenta abordar el temor a la paternidad. Qué pasa cuando una madre muere y ese niño queda a la espera de un padre que no se hace presente. Es sobre el miedo que los padres sentimos con la llegada del primer hijo, un miedo diferente al de las madres, que parecen siempre estar allí, preparadas para todo”, dice Mariano González, guionista, director y protagonista de su ópera prima Los globos, ganadora del premio FIPRESCI en el Festival de Mar del Plata.

 

Sin duda alguna, César (Mariano González), el protagonista de Los globos, no parece estar preparado para muchas cosas y mucho menos para ser padre. No se sabe bien si es por miedo, por fobias, por desinterés, o por inmadurez, pero ser padre de su hijo Alonso (Alfonso González Lesca), un niño muy activo pero callado, no es algo que esté dispuesto a hacer – en lo más mínimo.

 

Por eso, la súbita llegada del Rubio, su ex suegro, para que se haga cargo del niño que hasta entonces había vivido con su abuelo materno (su madre murió hace tiempo en un incendio accidental) es toda una sorpresa para nada agradable. Y no porque la llegada del niño interrumpa una vida llena de actividades y diversión. De hecho, para ser más precisos, la vida de César dista mucho de ser entretenida.

 

Para empezar, trabaja en una decadente fábrica artesanal de globos – o, mejor dicho, en un pequeño y pobre taller- en los suburbios de Buenos Aires. Y aunque el trabajo es manual, globo por globo, el ritmo que le imprime César es de un automatismo propio de una máquina. César vive ahí mismo, en una piecita al costado del taller, y ahí también, en el patio, practica crossfit con otras personas. Y, de tanto en tanto, tiene encuentros sexuales casuales con diferentes mujeres, como para matar el tiempo.

 

También se sabe que César estuvo aislado en algún lugar durante dos años – pero no se sabe si estuvo preso, en rehabilitación, o internado – y ahora está retomando su vida, poco a poco. Entonces, cuando su hijo Alonso aparece de buenas a primeras, César está obligado a tomar una decisión. Y decide darlo en adopción, con la ayuda de Laura (Jimena Anganuzzi), una especie de amigovia que  es bartender en un pueblo alejado de la ciudad. Entonces, César y Alonso viajan juntos en auto hasta llegar al pueblo.

 

 

Así, no es difícil anticipar cuál es el eje central de Los globos. Es decir, ¿César realmente va a dar a Alonso en adopción llegado el momento o acaso finalmente su instinto paternal, por más oculto que esté, va a ser más poderoso? Aunque la pregunta sea evidente, la decisión que César podría llegar a tomar no lo es. Para nada.

 

Y ese no saber qué va a hacer César es propio de la narrativa que González elige utilizar para contar esta historia, que en manos de otros realizadores bien podría haber sido trillada. Porque acá hay un grado de opacidad bastante marcado en relación a los deseos, las motivaciones y las dudas más profundas de los personajes. Nada es explícito, todo parece tener un subtexto bastante elusivo, y rara vez algo es el resultado directo de una simple relación entre causa y efecto. Hay una reticencia en darle al espectador claves o fórmulas para decodificar el drama, y en cambio hay una observación detallada, minuciosa, de lo cotidiano y de eso que ocurre sin prisa ni pausa. Hay silencios y no pocos, hay pausas elocuentes, hay momentos donde lo no dicho es, justamente, lo que se dice.

 

En sintonía con esta narrativa, la cámara del talentoso Fernando Lockett escudriña a sus personajes sin desear entrar en ellos, los observa desde afuera y espera que alguna acción, algún gesto, de cuenta de lo que está pasando. O de lo que no está pasando. Esa distancia también está en el tono seco, no sentimental, hasta incluso árido. Se diría que la procesión va por dentro y algunas veces ni siquiera se ve la punta del iceberg.

 

Si algo es absolutamente sobresaliente en Los globos es la coherencia y cohesión de estilo tanto en la narrativa en sí misma como en su estética. Aunque no lo parezca, nada está librado al azar o improvisado. Aunque tenga un aire informal es claro que acá hay una rigurosa puesta en escena en cada plano. No muchas películas tienen este grado de control sobre su material con un ritmo tan preciso y de principio a fin.

 

Lo que no necesariamente significa que todas estas elecciones dramáticas y estéticas jueguen siempre a favor de la historia. O, mejor dicho, a favor de la afectividad que una historia como ésta podría tener. No de sentimentalismo, sino de mayor afectividad sin tanta retracción, tal vez una dosis de emoción que no esté tan encorsetada. Porque deliberadamente Los globos es una película relativamente fría y considerablemente distante. Y está todo tan calculado que, a veces, se hace difícil empatizar con los personajes o sus conflictos. Claramente, un pulso dramático más intenso, sin llegar a desbordes, podría haber sido, quizás, una mejor opción a los fines de, precisamente, poder emocionarse un poco más con lo que pasa.

 

Algo parecido pasa con el tempo. Es claro que la apuesta es observar y hacerlo sin apuro. Pero, de tanto en tanto, el no acentuar, en lo más mínimo, el drama que transcurre puede hacer que la experiencia de transitar Los globos se torne ligeramente  morosa. Como si el sentir más profundo de los personajes y sus conflictos quedase amortiguado por el estilo tan opaco y seco y un ritmo demasiado pausado.

 

De todos modos, que quede claro que ésta es la película que Mariano González quiso hacer. Acá no hay algo que salió mal. No es una película fallida. No hay falta de criterio. Más bien todo lo contrario. Por eso un abordaje tan singular como éste bien puede gustar a muchos espectadores pero resultar indiferente para tantos otros. Sí, es verdad, eso puede pasar con cualquier película. Pero es probable que Los globos polarice a su público un poco más que una película común y corriente.  

 

 Los globos (Argentina, 2016). Puntaje: 7

 

Escrita y dirigida por Mariano González. Con Mariano González, Alfonso González Lesca,  Juan Martín Viale. Montaje: Santiago Esteves, Delfina Castagnino, Mariano González. Fotografía: Fernando Lockett. Dirección de arte: Julieta Dolinsky. Sonido: Emiliano Biaiñ, Marcos Zoppi. Duración: 65 minutos.

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