Una semana y un día, de Asaph Polonsky

8/7/2017

Una semana y un día, la ópera prima del israelí Asaph Polonsky, comienza el séptimo y último día de la shivá, el período de duelo de la tradición judía, cuando Eyal (Shai Avivi) y Vicky (Evgenia Dodina) intentan retomar la vida cotidiana una semana después de la muerte de su hijo Ronnie, de 25 años – quien, parece ser, tuvo cáncer, aunque esa palabra tan temida nunca se pronuncia. No es una muerte que se grita a los cuatro vientos, sino más bien una muerte de la que se habla en un tono tan calmo como distante. O, al menos, ésa es la intención. 

 

Mientras que Vicky está decidida a volver a dar clases en la escuela primaria, Eyal pospone sus tareas de rutina y va a visitar el  hospital donde estuvo internado Ronnie. Vicky asegura estar lista para volver a trabajar, pero lo cierto es que está muy desconectada de todo lo que pasa a su alrededor, viviendo en una especie de piloto automático. Y Eyal se obsesiona con buscar una frazada que Ronnie usaba pero, en realidad, vuelve del hospital con una bolsita de marihuana medicinal que su hijo utilizaba como analgésico. A la vez, se pone muy hostil con sus vecinos (Sharon Alexander y Carmit Mesilati-Kaplan) porque siente que ellos no lo han apoyado durante la enfermedad de Ronnie. Pero, curiosamente, se lleva muy bien con Zooler (Tomer Kapon), precisamente el hijo de los vecinos, que en su momento fue amigo de Ronnie. De hecho se llevan tan bien que hasta se fuman unos cuantos porros juntos. 

 

No es usual que una película que aborde el proceso de un duelo esté en un registro que diste tanto del drama más clásico como del melodrama más lacrimógeno – y ni hablar de lo pomposo y pseudo-existencial. Porque en Una semana y un día hay una cuidada mezcla de comedia, a veces incluso de absurdo, con momentos de un drama bastante punzante aunque asordinado. Este abordaje bastante original es, sin duda, un acierto. A veces solamente así se pueden decir cosas realmente importantes que de otra manera serían, en el mejor de los casos, lugares comunes. Y si toda es historia es encarnada por actores que se muestran dúctiles y espontáneos, mucho mejor. Es más creíble.

 

No son pocas las escenas que desconciertan, en primer lugar, y después revelan su riqueza dramática. Hay, también, una admirable economía narrativa y con poco se dice mucho. Y aunque a veces hay momentos que estén al borde de resultar un tanto forzados, al fin de cuentas no lo son. Y todo esto tampoco es usual con una temática como ésta. Aparte, todo el primer acto y parte del segundo están sólidamente narrados y generan expectativas acerca de todo eso que está por venir. 

 

Por eso es una pena que con una presentación de los personajes y el conflicto considerablemente atractiva, lo que sigue ya en la segunda mitad de la película no sume mucho y tampoco profundice en, prácticamente, nada. Es entonces cuando la original fórmula se torna repetitiva, se ven los hilos, se siente que no hay mucho bajo una superficie trazada con habilidad. Tocar las mismas aristas una y otra vez ya no sorprende. Y es ahí también cuando Una semana y un día pierde esa fuerza que le daba singularidad. No es que de repente sea un desastre – de hecho, no lo es – pero deja gusto a poco, aún con las mejores intenciones. De ahí que no sorprende que a los días de verla se convierta en una película relativamente olvidable.    

 

Una semana y un día (Shavua ve Yom, Israel/2016). Puntaje: 6

 

Guión y dirección: Asaph Polonsky. Con Shai Avivi, Tomer Kapon, Evgenia Dodina, Sharon Alexander, Carmit Mesilati Kaplan, Uri Gavriel, Alona Shauloff. Fotografía: Moshe Mishali. Montaje: Tali Helter-Shenkar. Música: Ran Bagno. Duración: 98 minutos. 

 

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