Entrevista a Federico Godfrid:"Los viajes de vuelta me fascinan, mucho más que la ida a la aventura"

27/5/2017

 

En su ópera prima La Tigra, Chaco (2009), co-dirigida con Juan Sasiaín, Federico Godfrid narraba el retorno de un joven, tras largos años de ausencia, al pueblo donde pasaba los veranos de su infancia. Mientras trata de reencontrarse con su padre – que está siempre en la ruta con su camión – se encuentra, en cambio, con una amiga de cuando era chico. Casi sin querer, surge la posibilidad de un romance.

 

Algo de lo anterior también está presente en la segunda película de Godfrid, esta vez en solitario. Exhibida en los festivales de San Sebastián, Biarritz y Mar del Plata. Pinamar narra la historia de dos hermanos de veinte y pico que vuelven a la ciudad costera que fue el lugar de sus veraneos para tirar al mar las cenizas de su madre. Y para vender el departamento familiar, un asunto para nada menor porque significa decir adiós para siempre.

 

Más allá de remitir a un lugar concreto, ¿en qué se parecen La Tigra, Chaco y Pinamar?

 

Las dos proponen un cine de actores, un cine que ocurre entre las miradas de los personajes y todo eso que no se dicen, no hay diálogos fuertes que expliquen nada, es un cine de pocos acontecimientos. Pero me gustaría que tenga un poco más de acontecimientos. Ahora, en la tercera, voy a ver cómo es arrancar con acontecimientos más fuertes.

 

En las dos el protagonista retorna a un lugar que le pertenece, pero no del todo.  

 

Me gusta la vuelta como matriz cultural, por así decirlo. Los viajes de vuelta me fascinan, mucho más que la ida a la aventura. Los laberintos no, me deprimen. Yo no quiero hacer un cine laberíntico, de personajes que no pueden escapar de su propia existencia o que terminan agobiados por sus trabajos o sus rutinas diarias. Ya hay mucho de eso en gran parte del nuevo cine argentino a la fecha.

 

Cuando tus personajes hablan, siempre hay un peso en lo no dicho.

 

Dentro de este naturalismo o realismo en el que yo trabajo, me interesa un cine donde los personajes no dicen lo que piensan. Nadie dice exactamente lo que piensa. Siempre tiene que haber un subtexto, lo que el personaje está pensando tiene que estar todo imbricado, tiene que estar en las miradas y por debajo de lo que dicen las palabras. Escribir este tipo de diálogo es algo que lleva mucho trabajo porque todo tiene que ser muy preciso, siempre te tenés que ir corriendo del centro.

 

Sin irte al otro extremo? 

 

Exacto. Porque ahí hay algo que me todavía más pavor: la contemplación por la contemplación misma. Eso de, por ejemplo, poner personas mirando el mar durante una hora. Y después llueve. Y ya está. Y hay gente que dice: ¡Qué fuerte lo que está pasando! Y para mí no está pasando nada. Me parece que es una cuestión de equilibrio. No ser explícito en el enunciado pero tampoco no decir absolutamente nada y entonces todo queda en el terreno de la interpretación.

 

Un lugar de veraneo de toda una vida es un lugar propio y ajeno a la vez.

¿Cómo vivís cada retorno a Pinamar?

 

Creo que siempre me pasa más o menos lo mismo, y de chico me pasaba más todavía. Ni bien llego, los primeros dos o tres días la paso muy mal. Casi que tengo ganas de volverme.  No me siento cómodo en la cama, en mi habitación, salgo y enseguida me aburro. Me agarra ansiedad. No siento que soy parte. Pero, después, a los cinco días, más o menos, ya me siento integrado. Ahí sí siento que tengo más potestad sobre el lugar. Pero, la verdad, es que no hay nada fijo que te ate al lugar. Yo no me hice muchos amigos de gente de Pinamar.

 

Romances de verano tampoco?

 

Bueno, eso que está en la película es pura proyección del idealismo de los romances. En ese sentido en Pinamar la pasé mal siempre. Nunca pude tener un lindo romance de verano y me los imaginé todos. Éste es un material con el que me gusta mucho trabajar: la construcción ideal de los veranos.

 

O sea el tiempo de los viajes.

 

Sí, creo que en parte es porque cuando uno está de viaje todo tiene una intensidad extrema. Por eso también me gusta viajar para filmar. Filmar acá en Buenos Aires no me resulta tan atractivo. Porque hay algo del viaje del rodaje que hace a la película. Es que el cine de estas dos películas que hice está, todo el tiempo, cruzando la ficción con lo que sucede.

 

 

 

 

 

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