El espanto, de Martín Bechimol y Pablo Aparo

20/7/2018

El espanto, de Martín Bechimol y Pablo Aparo, presentada originalmente en la Competencia Argentina del BAFICI 2017, ha generado cierto rechazo por una parte de la crítica, incluso de la más juiciosa. Para el público, en general, fue disfrutable y no pocos se rieron cómplicemente con la mirada de los directores sobre eso que muestran. Un curiosa contradicción, cuando menos.  

 

Pero, antes que nada, la historia. Se trata de un retrato de un grupo de pueblerinos de El Dorado, provincia de Buenos Aires, que tiene como particularidad estar lleno de curanderos que dicen sanar (o sanan de verdad, eso no se sabe) males como el mal de ojo, el empacho, problemas del aparato digestivo y otras yerbas. Aunque parezca mentira, El Dorado se mantiene lo más bien (eso dicen) sin necesidad de acudir a la medicina tradicional.  

 

Ahora bien, el punto álgido aparece cuando se habla de “el espanto”, un mal que nadie puede curar. No se explica bien qué es, pero podría estar relacionado con algo sobrenatural, o quizás un brote psicótico, o una visión/alucinación muy atemorizante. Para bien y para mal, hay una persona que cura el espanto. O eso dicen. Es un viejo bastante rotoso, bastante feúcho, que tiene un tratamiento que  muchos conocen, pero del que no se habla. Un tratamiento que involucra cierto contacto sexual que nunca se revela del todo. 

 

Vienen personas de todos lados para consultarlo, casi siempre en la noche oscura en auto para que nadie los vea. En el pueblo dicen que ninguna persona del lugar va a verlo. Siempre son otros, gente de afuera. Dicen que no hay mujeres que vayan a ser “tratadas” por el anciano curandero. Claro que también hay una mujer que dice lo contrario. Que la gente sí va y lo niega. Vaya a saber uno qué es verdad. 

 

Se sabe, se cree, o se inventa (que cada uno elija lo que le parezca) que un pueblo alberga todo tipo de miserias, patetismo y no poco conservadurismo. Que no es lugar para ideas de avanzada, la aceptación de lo diferente, o el visto bueno hacia sexualidades diversas - entre tantas otras cosas.


También se sabe que todo realizador tiene una mirada para con lo que muestra. Tiene un discurso sobre eso de lo que habla. Y se ha señalado que los directores de El espanto frecuentemente se burlan de sus personajes, que los miran con desprecio, que incitan al público a reírse a sus expensas. Y que eso es reprochable. 

Es decir, que el pueblo y los habitantes en sí mismos no serían tan así (o nada así) sino que serían vistos así por los realizadores. Y mostrados con condescendencia. Por eso un espectador que vea belleza en este pueblo y sus habitantes se sentiría ofendido con esta mirada. Y con razón. Pero no podría acusar a los directores de ser infieles a su propia visión. Eso hace un director de cine: dar un punto de vista. 


Otra posibilidad, que sería la contraria. Imaginemos que otros realizadores fuesen a El Dorado y no viesen nada risible, absurdo o ridículo, sino que viesen un lugar diferente, único y vital. Entonces, lo retratarían con una mirada romántica, tierna y respetuosa. Y lo bien que hacen. Pero eso no quita que un espectador que crea que este pueblo es patético y miserable seguramente se sienta enojado con un retrato tan bello. ¿Pero puede decir que los directores no fueron fieles a su visión? 


Vayamos más lejos, Supongamos que el retrato del pueblo no está tan alejado de lo real. Es decir que si El Dorado les pareció risible, absurdo, o ridículo es porque, hasta cierto punto, es efectivamente risible, absurdo y ridículo. ¿Entonces, cómo deberían mostrarlo? 

 

Una mirada puede o no gustar, tanto al público como a la crítica en general, pero mientras el espectador no tiene más que rechazar o aceptar la película en función de su gusto, el crítico puede disociarse un poco de su gusto, incluso de su sensibilidad, y tratar de analizar la obra desde la propuesta del director. Si la mirada es noble o no, amigable o cruel, ése sería otro tema. No estoy muy seguro de que legitimar o no la mirada de un director sea tarea de la crítica. Incluso si la mirada fuese condescendiente (y no estoy muy seguro de que lo sea) eso no necesariamente le quita valor a la película en otros aspectos.     

 

Así,  poniendo el foco en otro lado, se puede ver que El espanto está filmada con una fotografía impecable con un buen trabajo de foco diferenciado (el fondo fuera de foco, el sujeto en primer plano en foco, o a veces al revés, y así se trabaja la profundidad del plano y nada es chato), con una luz natural que moldea los rostros y los cuerpos y les da volumen (y así los personajes ganan protagonismo), y con un montaje que asegura un ritmo exacto. En otros aspectos técnicos y estéticos, todo está muy, muy bien resuelto. 

 

Esto no es casual, es el resultado de haber trabajado a conciencia para sacarle el jugo a recursos de lenguaje que, aún siendo convencionales, son  efectivos. Los entrevistados hablan a cámara y cuentan cómo hacen para llevar a cabo sus curaciones, casi todas las veces están en sus casas o en sus lugares de trabajo, hablan muy naturalmente y se los ve cómodos. Nada se siente forzado, pero sí hay una puesta en escena que no es inocente. Ni tiene por qué serlo. Claramente, éste no es otro registro observacional donde toda intención de opinar sobre lo que se ve se hace tan transparente que casi parece no existir. 

 

Por otra parte, en buena medida el misterio en torno al espanto y a la figura del enigmático curandero se mantiene bastante bien, aunque quizás como el final es un tanto precipitado también el conflicto se debilita un poco. Uno querría saber más y se queda con las ganas. Eso no siempre es bueno. 


Considerando que este pueblo es tanto un universo singular en sí mismo como un microcosmos que habla de un mundo más amplio, se lo puede pensar como una metáfora de una buena parte de la argentinidad, de cosas de las que no se hablan, de lo que está en el patio de atrás. El espanto da cuenta de todo esto con una personalidad propia dentro de sus propios parámetros. Nunca es indiferente. Guste o no, es toda una apuesta. Y que cada uno sienta y piensa lo que pueda y lo que quiera. Es lo mejor que le puede pasar a un espectador que entre al cine libremente.   

 

El espanto (Argentina, 2017) Puntaje: 7

 

Escrita y dirigida por Pablo Aparo y Martín Benchimol. Fotografía: Fernando Lorenzale. Montaje: Ana Remón. Sonido: Manuel De Andrés. Duración: 67 minutos

 

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