El viajante, de Asghar Farhadi

9/3/2017

 

Nadie parece estar muy seguro de que El viajante, la nueva película de Asghar Farhadi, realmente merezca el Oscar a Mejor Película Extranjera. Gran parte de la crítica considera que la alemana Toni Erdmann, de Maren Ade, debería haber sido la ganadora. Otros creen que Elle, de Paul Verhoeven, debería haber sido nominada y premiada. Sea como fuere, lo cierto es que ganó El viajante, que no es ni remotamente tan admirable como La separación, con la que Farhadi ganó el Oso de Oro en Berlín en 2011, o incluso no tan atractiva como El pasado, ganadora del premio a mejor actriz para Bérénice Bejo, en Cannes 2013.

 

Para ser más preciso, El viajante sí es perfecta en su forma fílmica, algo que no debería sorprender  viniendo de Farhadi, y esto ya de por sí es un gran mérito. El director iraní filma con su acostumbrada elegancia y sofisticación, pero sin ostentación alguna, y su cámara recorre nerviosamente (aunque otras veces con calma) los ambientes de los departamentos y de un teatro donde se desarrolla la trama, que pareciera que ocasionalmente ofician de salas de interrogatorios donde se ponen en juego inquisitivas miradas sobre la ética y la moral en relación a la agresión, la responsabilidad, la culpa, la venganza y el perdón.

 

El montaje, tan exacto como invisible, crea un tempo implacable con momentos de una tensión agobiante, algunas zonas de un merecido reposo y otras de dudosa calma. Y el desplazamiento de los actores, el modo en el que dicen su diálogo, su registro tan cuidado y aún así espontáneo, y la construcción de personajes complejos y con múltiples tonos es absolutamente impecable. Mejor, imposible. En lo que El viajante no funciona tan bien es en el desarrollo de su historia, en su narrativa. 

 

En un día como cualquier otro en Teherán un edificio está a punto de colapsar. Emad (Taraneh Alidoost), profesor de escuela secundaria, y Rana (Shahab Hosseini), ama de casa, conviven hace ya un buen tiempo y son algunas de las primeras personas en evacuar el edificio, no sin antes ayudar a otros inquilinos. El posible derrumbe ya se anticipaba con la aparición de las primeras grietas y resquebrajamientos, pero ahora es una realidad ineludible. Por eso la única opción posible es mudarse lo antes posible y sin poder elegir mucho. Y eso es precisamente lo que la pareja hace.

 

Una noche, un individuo desconocido entra al nuevo departamento y ataca a Rana mientras se está duchando (nunca se sabe bien qué pasó, quizás una violación o una agresión de menor grado, ya que Rama recuerda poco y nada). Aunque la realidad es que ese ataque tiene más que ver con la inquilina anterior, que aparentemente era prostituta. Cuando Emad se entera de lo ocurrido y realmente se da cuenta de la dimensión de haber sido invadido en su propio hogar, de que su mujer haya sido agredida o abusada, y de que el culpable no aparezca por ningún lado, es inevitable que toda la situación se convierta en una carga demasiada pesada. Pase lo que pase, hay que encontrar al responsable. Y si eso se convierte en una obsesión, que así sea. Aunque amenace el bienestar y la estabilidad de la pareja. Aunque extienda el sufrimiento. Aunque termine distanciándolos.

 

A todo esto, hay que agregar que Emad y Rama también son fervientes actores vocacionales y que juntos están ensayando, y luego representando, una versión de La muerte de un viajante, de Arthur Miller. Entonces, los ensayos y la representación final se entrelazan con la trama principal. Más allá de lo atractivo (o no) de esta versión de la obra, nunca queda muy claro el sentido de intertextualidad entre ésta y la historia de la pareja. ¿Por qué esta obra emblemática y no otra? ¿Cuáles son las relaciones que las conectan y de qué modo? Porque se pueden aventurar algunas ideas, hay algunos signos, pero las interpretaciones resultantes - que según el crítico han sido tan diversas como aleatorias-  me resultan demasiado arbitrarias, rebuscadas, poco fundamentadas. Por eso, en el fondo, son interrogantes sin respuestas genuinas, convincentes. Y se nota. 

 

En términos generales, El viajante tiene un guión que inicialmente promete más de lo que termina dando, que tiene ciertas aspiraciones que no logra alcanzar y que gana un verdadero peso dramático recién en los últimos 45 minutos. Y esto dejando de lado lo referido a la obra de teatro. Porque gran parte de todo lo que ocurre antes del tercer acto, excepto por la impactante secuencia del comienzo, tarde o temprano termina siendo demasiado lineal, no ofrece tantos niveles de análisis como se podría esperar, y hasta la enunciación del conflicto se torna reiterativa a medida que transcurre el drama. De ahí cierta morosidad en la narración que empantana aún más un terreno no muy bien elaborado. Lo que, a la vez, no invalida todos los importantes hallazgos formales y la consolidación del estilo de un director ya consagrado.

 

El viajante (The Salesman, Forushande, Irán, Francia, 2016). Puntaje: 7.

 

Escrita y dirigida por Asghar Farhadi. Con Taraneh Alidoosti, Shahab Hosseini, Babak Karimi, Mina Sadati. Fotografía Hossein Jafarian. Música: Sattar Oraki. Montaje: Hayedeh Safiyari. Duración: 125 minutos.  

 

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