Intrusos, de Adam Schindler

16/2/2017

 

Intrusos, la opera prima de Adam Schindler, es un thriller inquietante, con no poco terror, unos cuantos giros argumentales inesperados, buenas y muy buenas actuaciones, y un registro realista que hace que todo sea más oscuro, más ominoso. Es, también, una película de invasión al hogar y  una película de venganza, es exploitation sin ningún reparo, y un drama de una sordidez poco común. Es un cine de fórmula sin nada vanguardista, pero la fórmula no es la misma de siempre ya conocida por todos. Nada ocurre en Intrusos como uno lo venía anticipando. Al menos durante la mayor parte del relato.


Anna (Beth Riesgraf) es agorafóbica, vive con su hermano Conrad (Timoth T. McKinney), y hace 10 años que no sale de su casa. Más precisamente, desde la muerte de su padre. Su único ser querido es su hermano - y viceversa. Por eso es doblemente tortuoso que, después de un largo sufrimiento, Conrad finalmente muera de cáncer. Prisionera en su propia casa y en absoluta soledad, Anna se enfrenta a una vida desoladora. Ya ni siquiera va a ver a Dan (Rory Culkin), el joven amigable que le traía las viandas para su hermano. Ahora, aún con tanto dolor, es tiempo de arreglar cuestiones legales con Charlotte (Leticia Jiménez), la abogada de Conrad. Pero hay algo todavía más terrible: asistir a su funeral.  


¿Cómo hace una agorafóbica para salir de su casa? Por definición, no puede hacerlo. Por eso, aunque la esperen en la funeraria y la llamen para decirle que se apure, Anna se queda en casa, casi inmóvil y hecha pedazos, sin despedirse de su hermano. Y como todo puede empeorar,  ese mismo día tres ladrones (Joshua Mikel, Martin Starr, Jack Kesy) entran a la casa para llevarse dinero que Beth escondió en algún lugar de la casa. Claro que no es mala suerte, no es casualidad. Porque los ladrones creían que Beth iba a estar en el funeral. Pensaban que tendrían todo el tiempo del mundo para revisar la casa. Pero no. 


Simple y contundente, ése es el argumento de Intrusos. Ahora bien, si hay algo que perdonarle, es justamente un error en su propia lógica. Porque tomando en cuenta cómo hacen los ladrones para enterarse del funeral y del dinero escondido, es casi imposible que no supieran que Anna no iba a poder salir de su casa debido a su patología. Lo curioso es que recién después de verla por segunda vez este error se me hizo evidente. Se puede pensar, entonces, que todo el resto está tan bien logrado que el error pasa desapercibido, al menos en primera instancia. 


Por otro lado, lo que les juega a favor a los ladrones, y mucho, es que Beth no puede escaparse aunque le dejen la puerta abierta. Así, solo hay que amenazarla violentamente y conseguir que ella les revele el escondite del dinero. Pero, ya se sabe, nada es lo que parece. Sobre todo cuando la propia casa tiene sus secretos y hay más de un esqueleto en el placard.

 

Sin pretensiones de trascendencia y sin solemnidad, Intrusos se revela como un inteligente y provocador juego de gato y ratón en donde el ratón, tarde o temprano, se cansa de huir y arremete con todo contra el gato. Como en No respires, que cuenta cómo tres ladrones se meten en la casa de un ciego que dista mucho de ser inofensivo, en Intrusos la chica agorafóbica de débil no tiene nada, pero sí está condicionada por un pasado traumático, con víctimas y victimarios, que dejó heridas que nunca se cerraron. 

 

Por eso la inversión en la trama de la película convencional de invasión al hogar, donde los ladrones o asesinos son los victimarios y los que viven en la casa son pobres víctimas, no es caprichosa ni está solamente con el fin de construir un relato impredecible. Tiene un sentido y un significado, no es anecdótica. Está para decir algo acerca de las personas supuestamente buenas, íntegras y confiables que viven en casas lindas y acogedoras. Y lo que dice, de modos diversos, es siempre espeluznante. ¿Es que acaso alguien sabe realmente cómo son y qué hacen los buenos vecinos cuando nadie los ve?


Así como las casas embrujadas se construyen sobre cementerios que nadie respeta, y por eso mismo los espíritus ejecutan su venganza, hogares como el de Beth se forman con padres que hicieron monstruos de las personas,  monstruos que hoy perpetúan el legado del horror. Como en No respires y digno del mejor exploitation, hay algo inconfesable y repulsivo en el terreno de lo sexual y el abuso.  Hay bastante sangre y algo de gore. Todo dentro de un círculo perverso que parece no quebrarse nunca.  


Filmada casi íntegramente en distintas partes de la casa, Intrusos se vive como si estuviera narrada en tiempo real, aunque no lo está. Es que haber construido con tanta exactitud el orden y la duración de cada incidente, cada situación, cada momento de tensión, no pude sino dar una sensación tan fuerte de un aquí y ahora perturbador. Lo que no se ve no importa, y lo que se ve es casi todo lo que pasa. Por otra parte, no solo el ritmo es el mejor posible, también la fotografía y la cámara disimulan su presencia para que el protagonismo sea exclusivo de Anna, los tres ladrones, y la casa macabra. 


Beth Riesgraf desarrolla su personaje con matices, por eso nunca es la caricatura de una agorafóbica. Tampoco revela anticipadamente nada de eso tan importante que está tan oculto. En gran medida, el corazón de la película no es tanto la trama en sí sino cómo Anna se va mostrando y transformando según ocurren los acontecimientos. Porque es ella la que tiene que exorcizar su pasado si quiere abandonar su encierro. La pregunta es si puede hacerlo o no. Y de qué modo.

 

Intrusos (Intruders, EEUU, 2016) Puntaje: 8


Dirigida por Adam Schindler. Escrita por T.J. Cimfel, David White. Con Beth Riesgraf, Martin Starr, Joshua Mikel, Timothy McKinney, Jack Kesy, Rory Culkin, Leticia Jimenez.
Fotografía: Eric Leach. Montaje: Brian Netto, Adam Schindler. Música: Frederik Wiedmann. Duración: 90 min.

 

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