Luz de luna, de Barry Jenkins

6/2/2017

 

Una película como Luz de luna podría ser muy dolorosa, casi insoportable.  Es que narra la historia de un chico negro, gay y pobre que crece siendo víctima del bullying escolar, sin padre y con una madre adicta al crack, en Miami, pero no en el de la tarjeta postal,   sino en un barrio lleno de narcotraficantes y adictos perdidos tirados en la calle. Chiron es el nombre del protagonista que Luz de luna sigue en tres etapas de su vida: primero de niño con 10 años, después ya de adolescente con 16, y por último como un joven de 26, cuando ya se mudó a Atlanta. A medida que pasa el tiempo, sus circunstancias de vida empeoran a pasos agigantados. Claramente, éste no es el reino de Oz con el  camino de ladrillos amarillos que termina en un hermoso arco iris.  


Todo nace a partir de la obra teatral autobiográfica In Moonlight Black Boys Look Blue, de Tarell Alvin McCraney, quien también fue coguionista de la película junto a su director, Barry Jenkins (Remedio para melancólicos). A su vez, Jenkins creció con una madre adicta y en circunstancias similares, entonces conocer todo eso de primera mano es más que un punto a favor para crear una sensación de verdad tan fuerte. De todos modos, se sabe que lo que realmente importa es la ficcionalización de esas vivencias.    


Con una historia de tanto sufrimiento hay dos opciones legítimas para hacer una película que le haga justicia: 1) narrar con toda la dureza del mundo apelando a un realismo sucio, austero y despojado de todo ornamento, es decir representar esa realidad sin lirismo alguno, pero sin caer en golpes bajos. 2) narrar dejando algo de todo ese realismo de lado, y utilizar recursos formales de un modo más bien poético para señalar cierta luminosidad, que aún en ese contexto existe, pero sin edulcorar la realidad general y sin regodearse en el sufrimiento.     


La primera opción, que es la más usual dentro del cine de autor o independiente hasta el punto de ser fórmula consagrada en todo festival, resulta en una película que efectivamente puede ser muy ardua por lo gráfico y árido de la representación. Es decir, un cine que muchas veces bordea lo documental, no hace concesiones de ninguna naturaleza y pide un espectador acostumbrado a ver estos panoramas desoladores. Un cine que shockea con mucha fuerza. 


La segunda opción se traduce en una película menos agresiva y menos violenta, pero en la que el drama se puede potenciar justamente por el contraste entre las luces y las sombras, entre lo poético y lo prosaico. Lo terrible puede no tener un impacto tan fuerte en lo inmediato, pero se filtra de una manera más oblicua y se queda más tiempo en la conciencia del espectador. Un cine con un efecto de liberación prolongada.    

 

 Luz de la luna se inclina claramente por la segunda opción y lo hace a través de una inteligente narrativa episódica que, a pesar de algunos desniveles, da como resultado una obra afectivamente memorable y conceptualmente profunda, sin ser nunca solemne o manipuladora. Una combinación poco común y muy difícil de lograr. Es que es el tono sin estridencias lo que hace la gran diferencia. Tampoco es nada fácil conseguir que florituras visuales tales como travellings circulares, el uso repetido de la cámara lenta, una fotografía ocasionalmente formalista y atmosférica, o una escena onírica funcionen como expresiones genuinas de sentimientos y emociones que subyacen en la historia y los personajes, y no como vacuos recursos manieristas. Por eso la seductora belleza de la forma fílmica sí tiene sentido y es conmovedora.  


También las afinadísimas actuaciones en un registro realista son dignas de celebrar. Alex Hibbert, Ashton Sanders, y Trevante Rhodes le dan vida a Chiron en las tres partes de la historia y los tres encuentran modos diferentes pero igualmente sutiles y convincentes para retratar su retracción afectiva, su aislamiento, su dolor siempre contenido, y sobre todo su miedo terrible, inconmensurable al contacto con otro cuerpo, literal y simbólicamente. 


Porque si hay un tema central que atraviesa toda la película, aparte del tema de la identidad, es precisamente el miedo al Otro, o siendo más preciso, el miedo a todos los sentimientos hacia uno mismo y hacia cualquier Otro. 


Chiron, que de niño es muy chico de cuerpo, y de ahí su apodo Pequeño que todos usan para burlarse, crece con un cuerpo golpeado todo el tiempo por sus compañeros de escuela. Vive con una madre, Paula (Naomie Harris), que no puede dar amor ni compañía, es decir crece sin mirada y sin ser deseado. Crece indefenso, en la soledad más absoluta – aunque un narco del barrio, (Juan  Mahershala Ali) y su novia, Teresa (Janelle Monáe) hagan de bondadosos padres sustitutos de tanto en tanto. Es más que obvio que tanto abandono y  tanta violencia transforman a cualquier persona en un asesino serial o en un erizo que vive protegido por su caparazón cubierto de púas.

 

 (Ahora viene un SPOILER, así que quienes no vieron la película y no quieran saber más de lo estrictamente necesario, salteen este párrafo) Por eso es lógico que ya mucho más grande, a sus 26 años, Chiron haya construido (con años de intenso entrenamiento con pesas y presumiblemente también con esteroides) un cuerpo descomunal, puro músculo y fibra, una especie de Thor negro.  Porque ese cuerpo  hipertrofiado intenta compensar su hondo sentimiento de pequeñez interna que ya se hizo carne. Con total certeza, ahora nadie se va a animar a tocar a Chiron. La paradoja, o la trampa, es que tampoco Chiron se anima a tocar o ser tocado afectivamente por nadie. Aún con ese cuerpo, es igual de vulnerable como cuando tenía 10 años. Por eso sigue encerrado, muerto ya su deseo. (fin del SPOILER)

 

 

En sus momentos de solaz y reposo, cuando la negrura cede apenas un poco, Luz de luna es una película sobre la confianza para relajarse en el agua y aprender a nadar, sobre saber cómo hacer bien la cama, sobre besos furtivos y manos que se rozan de noche en la playa,  sobre miradas cómplices  y silencios elocuentes entre viejos amigos, sobre preguntas que se responden con otras preguntas, y sobre decidir quién es uno en la vida y no dejar que otros lo hagan por uno.  


Temas musicales como Every Nigga Is a Star, de Boris Gardinier, One Step Ahead, de Aretha Franklin,  o Cucurrucucú Paloma, de Caetano Veloso, le dan una cuota de poesía que la eleva desde lo terrenal hacia lo espiritual. Ganadora del Globo de Oro a mejor película y con 8 nominaciones a los premios Oscar, incluyendo mejor película, mejor dirección, mejor guión, y mejor fotografía,, Luz de luna  es una de esas raras excepciones que merecen al menos una buena parte de todas esas nominaciones.  

 


Luz de luna (Moonlight, Estados Unidos, 2016). Puntaje: 9


Escrita y dirigida por Barry Jenkins. Con Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rhodes, Mahershala Ali, Janelle Monáe, Naomie Harris, André Holland. Fotografía: James Laxton. Música: Nicholas Britell. Montaje: Joi McMillon, Nat Sanders.  Duración: 111 minutos.

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