La larga noche de Francisco Sanctis, de Francisco Márquez y Andrea Testa

30/12/2016

 

Ganadora del premio a mejor película y de mejor actor para Diego Velázquez en la competencia internacional del BAFICI 2016, y anteriormente presentada en la sección Un Certain Regard de Cannes, La larga noche de Francisco Sanctis, escrita y dirigida por Francisco Márquez y Andrea Testa y adaptada de la novela homónima de Humberto Constantini, es muy probablemente la mejor película nacional del 2016. 


Con una trama sumamente simple, una austera forma fílmica y una técnica impecable, esta ópera primera es una astuta y contundente reflexión sobre las vicisitudes éticas del hombre común y corriente durante la dictadura militar argentina de 1976-1983.  Y se aleja muchísimo, para bien, del tono crispado que unas cuantas aproximaciones al mismo tema de películas nacionales previas han tenido. 


Corre el año 1977 en Buenos Aires. Francisco Sanctis (Diego Velázquez) es un padre de familia como cualquier otro, sin ningún tipo de compromiso político ni ideológico, un hombre gris de clase media preocupado por un ascenso que nunca llega en un trabajo administrativo que parece gustarle poco y nada. Hasta que un día, de la nada, recibe un llamado de una compañera de universidad con la que no tiene contacto desde hace muchísimos años. Después de una breve charla, quedan en verse. 


Francisco acude a la cita, que transcurre dentro de un auto que la mujer va conduciendo, y se entera de que su vieja compañera de universidad está ahora casada con un militar. Ella también le dice que gracias a su esposo tiene información precisa acerca de una pareja a la que los militares van a secuestrar en algún momento de esa misma noche (operación en la que su marido no participa). Entonces, le da a Francisco el nombre de la pareja en peligro y su dirección y le pide encarecidamente que, sea como fuere, les avise antes de que sea demasiado tarde. 

 

Le guste o no, ahora Francisco tiene que elegir entre salvarles las vidas a estas dos personas, con el costo de poner en peligro la suya, o si no simplemente ni considerarlo y dejar que los militares se los lleven, así nomás. Claramente, la decisión de fácil no tiene nada y a lo largo de casi toda la noche Francisco inicia un tortuoso periplo por la ciudad, pero también en el interior de su ser, para poder tomar la decisión correcta. Queda claro entonces que la novela en la que se basa la película no podría haber tenido mejor título.

  
Un primer gran logro es que el corazón dramático de la historia se va desarrollando a un ritmo que se va acelerando sin prisa ni pausa, en un in crescendo relativamente lento pero inexorable y, por eso mismo, abrumador. Francisco – interpretado magistralmente por Diego Velázquez – intenta evitar asumir la responsabilidad que le han dado, pero sin embargo su conciencia, de un modo u otro, tarde o temprano, lo acerca cada vez más a que avise a la pareja del riesgo que corre.  Hay que ver si él está dispuesto a hacerle caso a su conciencia o no. O si la conciencia no cambia de opinión.


Obviamente, no es solamente la historia concreta de este hombre gris y esta pareja en peligro lo que atrapa y angustia tanto, sino más bien que gracias a ellos la representación simbólica de todo un sector de la población en esos años de plomo se hace tangible e inmediata. El “no te metás”, “algo habrán hecho”, eran frases comunes del argentino promedio para al desligarse lo más fácilmente posible de una responsabilidad cívica, social, y humana insoslayable. Uno ve a Francisco y a toda una generación a la vez, y la imagen global es muy dolorosa.  

 
Un segundo logro de igual importancia es que Márquez y Testa tampoco simplifican el estado de las cosas o juzgan a su antihéroe por hacer esto o aquello. Ni por asomo. No se paran en un pedestal desde el cual dan cátedra acerca de la conducta ética a seguir por todo hombre de bien, sino que señalan lo complicado y peligroso que podía ser saber qué hacer (en primer lugar) y cómo y cuándo hacerlo (en segundo lugar). Entran en el drama junto con su protagonista, no se quedan afuera para observarlo con un dedito acusador. 


Desde lo formal, hay un clima de claustrofobia y peligro subterráneo constante, gracias a una muy cuidada fotografía con tonos tierra, grises y negros, tonos oscuros y apagados que transforman a esta larga noche en una experiencia sombría. Y la cámara en mano, nerviosa a veces, que sigue de cerca al protagonista añade una ansiedad incómoda. Calles desoladas, gente que se esconde, caminatas apuradas, y suaves murmullos en un escenario de un silencio casi absoluto, todo asordinado y retraído. 


Hay también un muy inteligente uso del fuera de campo para sugerir la presencia del mal que se esconde detrás de cada esquina, en vez de permitir que el horror entre en cuadro.  No hay militares, no hay tanques, no hay policías. Porque al fin y al cabo, es en la expresión del rostro de Francisco donde se proyecta lo que hace este infame contexto. 


A diferencia de muchísimas películas de cine político (categoría amplia si la hay) La larga noche de Francisco Sanctis no necesita explicar sus ideas, y tampoco es propaganda desde la barricada. No hay una clausura definitiva al conflicto, ya que de haberla todo sería, para bien o para mal, menos ominoso. En cambio, la película termina en una nota ambigua que hace que sea una experiencia aún más perturbadora.  

 

 

 La larga noche de Francisco Sanctis (Argentina, 2016)   Puntaje: 9 

 

Dirigida por Francisco Márquez, Andrea Testa. Guión: Francisco Márquez, Andrea Testa, basado en la novela homónima de Humberto Constantini. Con Diego Velázquez, Laura Paredes, Valeria Lois, Marcelo Subiotto, Rafael Federman. Fotografía: Federico Lastra. Montaje: Lorena Moriconi. Sonido: Abel Tortorelli. Dirección de arte: Julieta Dolinsky. Duración: 76 minutos
 

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